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De ninguna manera yo a ti te dejé


Huellas en la arena

El pescador solitario era un hombre de Dios. Un día tuvo la audacia de pedirle al Señor un signo de su presencia y de su compañía:

– Señor, hazme ver que caminas conmigo, dame el don de experimentar que me amas.

Cuando reemprendía el camino que le conducía de nuevo a su casa, observó con asombro que junto a las huellas de sus pies descalzos habían otras cercanas.

– Mira, le dijo el Señor, esas huellas que vez junto a las tuyas son las huellas de mis pies. Tú no me has visto, pero yo estaba contigo.

La alegría de este hombre fue inmensa, inmensa. Pero no siempre fue así. Vinieron días de tormenta, de frío. Caminaba taciturno por la playa, de un lado hacia otro, y observó, con asombro, que nada más en la arena había dos huellas de pies.

– Señor, has caminado conmigo cuando estaba contento. Ahora que el desánimo y el cansancio hacen mella en mi vida… Señor, ¿dónde estás?

Y el Señor le contesto:

De ninguna manera, Yo a ti te dejé. En los momentos difíciles, se ven solo dos pies. Eran los míos, que Yo a ti te llevé entre mis brazos, jamás te abandoné.

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De ninguna manera yo a ti te dejé

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