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Déjame que te cuente


Déjame que te cuente una historia que me relató un amigo

Nos habla de un viejo. Pero podría hablarnos de un niño, de una persona solitaria, aislada, sin amigos.

“Estaba allí, el anciano; sentado en su viejo taburete, pegado a la fachada de su casa; ni el sol le acompañaba. Sus manos arrugadas sujetaban una vara de madera. Yo era simplemente un caminante. Tan solo sonreí fugazmente e hice un gesto de saludo a la vez que pasaba.

Anduve yo dando vueltas a una lágrima que, juraría, había visto caer de sus ojos; pensaba por qué lloraría el viejo; por qué esa triste mirada. Estuve a punto de dar la vuelta y acercarme a él. “A punto” quiere decir que… no lo hice.

En mi caminar, sin embargo, me perseguía la imagen de sus ojos tropezando con los míos. Traté de obviarla. Agilicé la marcha, como queriendo escapar de mis propios pensamientos. Compré el periódico y, nada más llegar a casa, comencé a leerlo esperando olvidarme del tema… pero no lo lograba. Esa lágrima no se borraba… Nadie llora por nada, pensé.

Esa noche, lo confieso, me costó conciliar el sueño. Decidí que al día siguiente volvería a su casa y me acercaría a él. Lo haría. Dicho y hecho. Al día siguiente lloviznaba. Me encaminé a la casa. Allí estaba el taburete, vacío, pegado a la fachada.

Llamé a la puerta y me abrió otro hombre; rondaría la cincuentena.

− ¿Qué desea? me preguntó serio. − Busco al anciano que vive aquí, contesté. − Mi padre murió ayer por la noche, respondió con ojos llorosos. − ¡Murió! comenté apesadumbrado. − ¿Quién es usted? me dijo el hijo. − En realidad, nadie. Ayer pasé por aquí; su padre estaba sentado, fuera de la casa, junto al camino; me pareció que lloraba y, a pesar de que lo saludé, no me detuve a preguntarle qué le ocurría. Hoy volvía para hablar con él, pero veo que ya es demasiado tarde. − No lo va a creer, pero usted es la persona de quien hablaba en su diario. Extrañado por lo que me decía, le miré pidiéndole más explicación. − Por favor, pase, me respondió.

Tras servirme en la cocina una taza de café, me llevó a otra habitación y me acercó el diario del abuelo. La ultima hoja rezaba: “Hoy me regalaron una sonrisa plena y un saludo amable… hoy es un día hermoso”.

Tuve que sentarme; me dolía el alma solo de pensar lo importante que hubiera sido para ese hombre que yo me hubiese acercado y detenido un momento.

Solo pude comentar: − Si ayer hubiera cruzado y hubiera conversado unos instantes con su padre…

El hombre me interrumpió y, con los ojos humedecidos, me confesó: − Mire, si yo hubiera venido a visitarlo al menos una vez este último año, quizás el saludo que usted le ofreció, y su sonrisa, no hubieran significado tanto”.

Y nosotros, ¿regalamos “sonrisas plenas y saludos amables…”? Fuente: Almudi

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