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Dios nos alcanza en la soledad originaria


Dios nos alcanza en la soledad originaria

“La virginidad de las consagradas expresa la confianza absoluta en el Señor Jesús, que alcanza a la persona en el corazón de su humanidad, en su soledad originaria, justamente allí donde está impresa indeleblemente la imagen de Dios y la semejanza a Él, y donde, a pesar de las caídas y de las heridas del pecado, es posible renovar la vida según el Espíritu”.

En estas palabras, sacadas de un reciente documento de la Santa Sede sobre las vírgenes consagradas, podemos distinguir dos partes. Primero se afirma que la virginidad de las consagradas es expresión (aclaro y matizo: una posible expresión, puede haber otras) de la confianza absoluta en el Señor Jesús. Luego se añade que el Señor Jesús (se entiende: Cristo resucitado) alcanza a toda persona en su soledad originaria. Me parece una imagen muy sugerente.

Soledad originaria: allí donde nadie se parece a nadie, allí donde estamos de verdad con nosotros mismos, allí donde nadie puede alcanzarnos ni comprendernos, allí está la imagen de Dios, allí está el Espíritu Santo, capaz de regenerar permanentemente nuestra vida, a pesar de todos los pesares y, sobre todo, a pesar de todo lo que opinan los que, por un motivo u otro, y de una u otra manera, nos desprecian. Allí, en la soledad originaria, en el fondo del ser, allí está Dios. El Dios de la inmensa riqueza, de la desbordante bondad, de la sobreabundancia de gracia, que precisamente por eso, por sobreabundante, nos hace únicos e irrepetibles. Su imagen se personaliza en cada uno, su imagen encuentra en cada uno matices únicos, que hacen de cada uno de nosotros seres insustituibles.

En este mundo, se diría que todos somos sustituibles. Somos fácilmente reemplazables. Lo que yo hago, lo puede hacer otro. Si yo me voy, otro ocupa mi lugar. A los ojos de los que así piensan, la vida humana vale poco. En realidad, no vale nada. La de “los otros”, claro. La única vida que consideran válida es la suya. Ese es su error, su grave error. Ante Dios somos únicos, no hay otro como yo, nadie puede ocupar mi lugar. Por eso, Dios me ama con un amor personal, me quiere personalmente como soy. Porque no hay otro tan maravilloso ni estupendo como yo. Para Dios todas las vidas son valiosas, porque cada vida es insustituible.

Martín Gelabert Ballester, OP

Dios nos alcanza en la soledad originaria

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