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Historia de reconciliación


HISTORIA DE UNA RECONCILIACIÓN

Querida hija:

Ya eres mayor de edad y ahora puedo contarte algo que he guardado en secreto durante tres largos años, a pesar de tu insistencia en quererlo, saber antes y del riesgo de que pudieras pensar de mí cualquier cosa, en vista de mi silencio, pues, aunque es una historia maravillosa, la del paso del Señor por nuestras vidas, tal como tú recuerdas y tantas veces te hemos contado. Sin embargo, esta historia maravillosa ha tenido un trasfondo muy triste y se apoya en una historia anterior que siempre he preferido callar, para evitar viejos remordimientos en tu padre arrepentido, que, en su día, obró así, pensando que hacía bien, y nuevos reproches hacia mí en mi hija adolescente, inconformista y preguntona -aunque estaba en su derecho-, buscando, ante todo, el amor, el perdón y la unidad familiar...

A pesar de mi silencio, aprendimos a querernos, aunque siempre ha quedado ese resquicio de desamor en tu corazón: ¿Por qué querer a una extraña, que se desentendió de ti, como la madre que nunca fui?

Hoy tu padre descansa ya con los santos del Cielo y puedo responder, por fin, a esas preguntas que tantas veces me hiciste y a muchas otras que hoy te seguirás haciendo, aunque ya no me preguntes: Por qué papá te contó que yo había muerto cuando tú naciste si no era verdad. Por qué, doce años después, irrumpí en tu vida, como si nada hubiera pasado, diciendo que era tu madre y pidiéndote que me quisieras. Por qué no he aparecido antes y has tenido que esperar tanto tiempo para saber que estaba viva. Por qué os abandoné… ¡No!, por qué te abandoné a ti, ¡niña mía!, durante esos doce largos años, sin importarme que no tuvieras una mamá, como todas las demás niñas…

Cariño mío, son demasiadas preguntas y muy dolorosas, algunas de ellas, para mí y, posiblemente, también para ti, cuando sepas la respuesta, pero ha llegado el momento de la verdad, el momento que siempre he deseado y temido a la vez, y obtendrás respuesta a todas tus preguntas. Sin embargo, me cuesta encontrar las palabras apropiadas para hacerlo sin herirte a ti ni a la veneración que guardas hacia tu padre, así que he preferido explicártelo por escrito, como una confesión, pues es lo que es, antes de que lo hablemos personalmente las dos; discúlpame por ello, mi cielo.

Cuando tú naciste, hija mía, ¡niña mía muy deseada!, por ser yo primeriza y la matrona, inexperta, nuestras vidas corrieron un grave peligro, pues venías mal colocada y yo no dilataba bastante, por lo que, para salvarte a ti, mi cielo, y que pudieras vivir, consentí en que ella me rasgara el vientre: mi vida por la tuya, amor mío. Aquel día no morí, tal como te enseñaron, reina mía, pero continué padeciendo un continuo flujo de sangre tras el parto, que ningún médico consiguió detener y que me convirtió en impura a los ojos de la Ley , del pueblo, de mi familia y de tu padre, el sinagogo, perfecto cumplidor de la Ley que, a pesar de haberme confinado al extremo más apartado de la casa, para evitar todo contacto conmigo y poder seguir oficiando en la sinagoga, y de haber buscado una nodriza para que te amamantara a ti y no incurrieras, también, por contagio, en la impureza, para aquella gente cruel y de dura cerviz, él seguía viviendo bajo el mismo techo que una mujer legalmente impura.

Yo sufría mucho por él, sin poder apoyarle en aquellos momentos duros, y por no poder estar contigo cuando más me necesitabas y más te necesitaba, vida mía, pero me consolaba la idea de que, al menos, estabas viva y que, un día, te convertirías en una preciosa mujercita y que, quizás, si Dios lo permitía, yo estaría curada para verlo.

Pero debido a la presión de la gente, que se cebó en la desgracia ajena y murmuró contra él, dejándolo en entredicho ante el archisinagogo, que se vio obligado a tomar cartas en el asunto cuando el pueblo en masa se negó a entrar en la sinagoga si no se hacía pronto algo al respecto, le llamó a su presencia y le hizo escoger entre Dios y yo, diciendo: “Amarás al Señor, tu Dios, sobre todas las cosas, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con todo tu ser, más que a ti mismo, más que a tu esposa, más que a tu casa; eres posesión suya, estás a su servicio, al servicio de su pueblo; no te perteneces, te debes a El, te debes a ellos. No te arriesgues a contraer la impureza legal y contagiársela a la comunidad a ti confiada; tienes al pueblo alarmado y en contra tuya. No seas egoísta y haz lo que deberías haber hecho ya hace tiempo: dale el acta de repudio y sácala de tu casa. Si Dios la ha castigado, ¿quién eres tú para oponerte a Dios?” Tu padre, que salió abrumado de allí, acabó cediendo y, entre lágrimas, tras contármelo todo y darme el acta de repudio, como manda la Ley y como le exigió el archisinagogo, me hizo salir de mi casa y de vuestras vidas; y yo accedí por vuestro bien, saliendo dócilmente de mi casa, para dedicarme a la mendicidad por los pueblos vecinos, donde no me conocían.

Tu padre, revalorizado a los ojos de todos por la decisión tomada, siguió siendo el sinagogo fiel y cumplidor que todos esperaban e hizo de la sinagoga y del pueblo a él confiados su vida, de tal forma, que se convirtió en jefe de la misma. Sin embargo, para sobrevivir al remordimiento y evitar los recuerdos dolorosos, optó por el camino más fácil: decirle a su hija, en la edad de los porqués y de las incómodas preguntas con respuestas obvias, que su mamá había muerto durante el parto, el mismo día en que ella nació. Cielo mío, tal es la aparente “verdad” con la que has vivido todos estos años; tendrás que perdonarnos a tu padre y a mí por ello. Pero yo nunca te olvidé, cariño mío, y envuelta en un viejo manto y con el rostro velado, solía seguiros, algunas veces, cuando salías con tu padre de paseo, siempre a distancia, para no asustarte ni levantar sospechas, aunque tú eras muy lista y alguna vez me señalaste con el dedo, porque siempre estaba ahí, siguiéndoos. Sí, hija mía, aquella mujer velada, era yo.

Sin embargo, tras doce años de anonimato y soledad, extremadamente débil y demacrada, con la vida destrozada e impotente ante una enfermedad sin final, que me castigaba lejos de vosotros, a quienes tanto amaba, ya no aguantaba más. Y, en mi angustia, clamé al Señor: ¿Cómo podía El querer algo así, aunque lo dijera el archisinagogo? ¿En qué había pecado yo si había ofrecido mi vida a cambio de la tuya, para salvarte, cielo mío, y El había perdonado la vida de las dos? ¿No había sufrido ya bastante para redimir mi pecado, fuera el que fuese?” Entonces, al borde de la desesperación, me dirigí a la sinagoga de tu padre para gritarle a Dios mi impotencia y a pedirle que todo aquello acabara ya, que me devolviera a mi esposo y a mi hija, que me permitiera regresar a mi casa y llevar una vida normal o que me quitara la vida. Entonces le vi a El, de pie, rodeado por una multitud de personas, entre las que sobresalía por su gran estatura; estaba escuchando a alguien que gesticulaba angustiado, era tu padre, pero no sabía por qué lo hacía. De pronto, fue como si todos desaparecieran y quedara sólo El y la intuición, la certeza, de que El podía sanarme, de que Dios había escuchado mi ruego.

Me surgieron fuerzas de Dios sabe dónde y me vi avanzando entre la multitud con los brazos extendidos, mientras el corazón latía en mi pecho como un caballo desbocado. A medida que me acercaba, podía escuchar el tumulto de la gente, que le llamaba “Maestro”, “Mesías”, “Hijo de David” y le decía que El, que podía curarlo todo, que salvara a aquella niña, que era hija única, que sólo tenía doce años... ¿A qué niña se referían?... Yo sólo pensaba en abrazar a la mía, que ya tendría esa misma edad. Las lágrimas se me saltaban de la emoción y no hacía más que repetirme, para darme ánimos: “Si logro tocar, aunque solo sean sus vestidos, me sanaré” (Mc.5,28), pero, al mismo tiempo, tenía miedo de tocarle y de hacerle impuro a El, al Mesías, al Hijo de David, quería avisarle de mi presencia, la presencia de una impura que necesitaba su ayuda, pero la emoción no me dejaba hablar…; sólo sabía una cosa, que necesitaba acercarme a El y tocarle, tocarle a El para quedar sana, ¡no me importaba nada más!, entonces volvería a casa, a mi casa, y te abrazaría a ti, hija mía, y le abrazaría a él y reharíamos nuestras vidas.

Pero, en el último momento, por el nerviosismo y el agotamiento, me fallaron las piernas y caí aparatosamente a sus pies; entonces, mi mano temblorosa, por no tocarle a El, acertó a tocar la orla de su manto. Al instante percibí una dulce oleada de calor que, entrando por mi mano, recorría todo mi cuerpo y se detenía en mis sienes y en mi vientre, cerrando las heridas de mi cuerpo y de mi alma. Ya no era más aquella enferma impura y desahuciada; me sentía sana, vital, bella, feliz. Los sufrimientos y las angustias que hacía un instante me devoraban, se habían ido para siempre, lo mismo que el flujo de sangre. Sentí que volvía a ser la joven esposa y madre que un día fui, y comencé a sollozar de felicidad, sin ganas de levantarme del suelo. Me sentía como ese niño en los brazos de su madre que narra el salmista (cfr. Sal. 130): Dios me había escuchado y le estaba agradecida.

Entonces pude escuchar Su voz entre el gentío: “¿Quién ha tocado mis vestidos?” (Mc.5,30). No era una voz airada o enojada, sino una voz esperanzadora, balsámica, cantarina, cómplice. Entre tanta gente que le rodeaba y le empujaba, había sido capaz de percibir mi tenue roce en sus vestidos. Yo creo que El lo estaba esperando, que me había atraído hacia sí y se alegraba por ello. Sentía que su pregunta no iba dirigida a la concurrencia, sino a mí, para hacerme notar la inmediatez de su respuesta a mi fe. Sin embargo, yo seguía en el suelo; ahora me sentía descubierta e incapaz de levantarme y contestarle, no por El, sino por los que le rodeaban, y comencé a temblar como una hoja: si confesaba que había sido yo, una impura, la que le había tocado, me apedrearían por haberle expuesto a El, por haber expuesto a todos, a la impureza de mi sangre.

El, entonces, se giró y miró directamente hacia mí, tendiéndome su mano mientras dulcemente repetía, una vez más, como un padre que juega al escondite con su hija pequeña, aquella misma pregunta: “¿Quién ha tocado mis vestidos?” Al escuchar aquella voz, me olvidé de todos, agarré fuertemente su mano y me dejé levantar por El, al tiempo que dejaba caer mi velo y le decía sin miedo: “He sido yo, Señor, la que te ha tocado” y el me respondía: “Hija mía, tu fe te ha salvado, vete en paz, y queda curada de tu enfermedad” (Mc.5,34); y yo, eternamente agradecida, no podía dejar de mirarle y sonreír. La expresión de tu padre, al reconocerme, cambió de una extremada angustia a una inmensa sorpresa; entonces pude ver cómo dos de nuestros sirvientes le decían algo al oído y tu padre, palideciendo, caía al suelo. Acababan de comunicarle que te habías muerto, hija mía, y que no molestara más al Maestro (cfr. Mc.5,).

Me dio un vuelco el corazón y casi me caigo, también: doce años sin ver a mi hija y ahora que estaba sana y podía hacerlo, el Señor se la llevaba con El: ¿Una vida por otra, otra vez? Entonces, El, con su voz consoladora, le dijo a tu padre: “Jairo, no temas, tan sólo ten fe” (cfr. Mc.5, ), pero yo no podía esperar más, salí corriendo y entré en mi casa ante el estupor de todos, que me veían pasar sin reaccionar, como si vieran un espectro del pasado. Busqué a mi niña por todas partes y, cuando te encontré, hija mía, yacías, ya sin vida, en tu camita; todavía caliente, vida mía, pero sin vida. ¡Qué tarde había llegado!.

Me invadió un gran desconsuelo y lancé un grito desgarrador: “¿Por qué me haces esto, Dios mío, que culpa tenia mi hija?” Te cogí en brazos y te abracé con todas mis fuerzas, por primera vez en doce largos años, sin que pudiera dejar de llorar, de besarte y de acariciarte al mismo tiempo, tratando de recuperar el tiempo perdido.

No sé cuánto tiempo estuve así, abrazada fuertemente a ti, llorando, cuando El entró con tu padre y tres hombres más, mandando salir a todos y prohibiendo que nadie llorara. Yo entonces le miré a El, desconsolada, mostrándole a mi niña yerta, suplicante, y El, sin quitar sus ojos de los míos, nos cogió a tu padre y a mí por los hombros y nos dijo, en el mismo tono de voz conciliador y balsámico que había utilizado antes conmigo: “¿Por qué lloráis?, la niña no ha muerto, sino que duerme” (cfr. Mc.5, ). Le miramos sorprendidos, pero anhelantes; me pidió que te volviera a dejar sobre la cama y le obedecí, entonces El, acariciándote la mejilla, como quien despierta a una niña de su sueño, y con esa misma voz cariñosa que había utilizado conmigo en la calle, te dijo: “Niña mía, a ti te digo, no duermas más, levántate” (cfr. Mc.5,). ¡Oh Dios! de repente, volvió el color a tus mejillas y abriste los ojos buscando a tu alrededor; al primero que viste fue a El, que te cogía de la mano, te levantaste y le abrazaste, reconociendo en El a tu Salvador; después te abrazaste a tu padre y le besaste, pero al verme a mí, sin despegarte de él, le preguntaste, señalándome con el dedo: “Y esa, ¿quién es?”, dejándome desolada. El Señor, que se esperaba tal pregunta, respondió con ternura: “Es tu mamá y debes quererla mucho” y, después, dirigiéndose a Jairo, le dijo: “Es tu esposa, y la madre de tu hija, y debes quererla mucho, que lo que Dios unió, no debe separarlo el hombre”. Y entonces se fue con aquellos tres hombres, dejándonos abrazados, pero no sin antes decir: “Dadle de comer y no le digáis a nadie nada de lo que aquí ha pasado” (cfr. Mc.5, ).

Pasado algún tiempo, subimos a Jerusalén por la Pascua, con la esperanza de verle, pues nos dijeron que enseñaba en la Puerta Hermosa del Templo. Velada y embozada, como de costumbre, adelantándome a los míos, salí hacia el Templo y, en las cercanías de la Torre Antonia , me vi envuelta en un tumulto como el que solía rodearle a El, pues gritaban su nombre, pero, esta vez, más bullicioso, alterado y violento que de costumbre. Tras algunos forcejeos, logré colarme para ver qué era lo que estaba pasando y me lo encontré allí mismo, a mis pies, ensangrentado, roto, plagado de espinas y con un inmenso madero aplastándole contra el suelo. El corazón se me encogió de la impresión y grité de espanto. La gente, por detrás de mí, entre burlas, me zarandeaba y tiraba del manto, me insultaba y golpeaba, para que me apartara y les dejara disfrutar de aquel horrible espectáculo, pero yo, zafándome del manto, me acerqué y me arrodillé, decidida, frente a El, ¡ni la guardia se atrevió a detenerme!

Vi sus labios llagados, su rostro hinchado y tumefacto, sus ojos abultados y sellados por la sangre, que lo cubría todo, junto con la tierra, el sudor y los salivazos; sentí compasión por El y quise levantarle como El me había levantado a mí, pero todo El era una llaga dolorosa y aquel tronco pesaba demasiado para mí; sólo pude quitarme el velo y limpiar de sangre aquella carita amada que un día nos devolvió la vida a mi hija y a mí. El, entonces, esbozó una sonrisa dolorida y, con la respiración agitada por la fatiga, me dijo: “Berenice,… un día,… usaste la orla… de mi manto… para cortar… el flujo… de tu sangre… y hoy… con tu velo… pretendes cortar… el flujo… de la mía… ¡Bendita seas!,... pero... esta sangre… necesita… ser derramada… para la salvación… de todos;… déjala fluir,… lo purificará… todo. Y tú,… que me has… socorrido… en esta hora,… guarda en… tu velo… esta imagen… mía… y vela… con ella…hasta que me veas… resucitado”.

Entonces, me apartaron de un golpe y, a golpes le hicieron levantarse a El y seguir adelante. La gente, furiosa por lo que había hecho, comenzó a descargar su rabia contra mí, que, acurrucada en el suelo, defendía mi tesoro; cuando por fin me dejaron, medio muerta y sin poderme levantar, extendí mi velo y lo contemplé como la última cosa que vería en este mundo. Era una preciosa imagen suya la que me sonreía desde el lienzo con los ojos abiertos, como aquella vez ante la sinagoga y, como aquella vez, también, su sola contemplación, me dio la fuerza para levantarme y volver a casa, satisfecha por el bien realizado a mi Señor y Bienhechor: Su Sangre seguiría fluyendo para el bien de todos; la mía no, para el bien de los míos.

Cuando llegué a casa, me encerré en mi cuarto y contemple su rostro en oración hasta que resucitó, tal como El me había pedido, pero, esta vez, tu padre y tú estabais conmigo y veneramos su rostro con gran amor, devoción y gratitud. Cuando resucitó, su rostro luminoso y sonriente surgió a través del rostro del velo y, después, todo El, hasta que su presencia llenó la estancia y nuestros corazones con ella. Se acercó a nosotros, que estábamos postrados ante El, en adoración, nos hizo levantar y nos bendijo, pidiéndonos que fuéramos a los Apóstoles y les diéramos testimonio de su resurrección, dejándonos bautizar en su nombre.

Recuerdo que, al ser bautizada, le pedí a Pedro, como un favor especial, que cambiara mi antiguo nombre de “Berenice” -“la que trae la victoria”- por el de “Verónica” -“verdadera imagen”-, tal como me llamaban algunos discípulos romanos, refiriéndose a la imagen de mi Señor tatuada en mi velo, y él, mirándome de reojo, con una sonrisa pícara de complicidad, aceptó encantado.

Y hasta aquí mi relato, hija mía; cuando te acuestes, lo encontrarás sobre tu almohada. Léelo con calma, yo te esperaré levantada, por si necesitas preguntarme o abrazarme y lloraremos juntas lo que tengamos que llorar y te responderé a las preguntas que todavía queden por responder.

Quiero que sepas que no os guardo ningún rencor ni a tu padre ni a ti, ¡todo lo contrario!, y espero que, desde ahora, ya no me lo guardes tú a mí. Ahora sabes la historia completa y podrás comprobar cuánto nos ha bendecido Dios, que nos quiere juntas y no reñidas por un pasado del que ninguna de las dos tuvo la culpa.

tu madre.

P. Juan José Cepedano Flórez CMM. + Madrid, 30 de Junio de 2012.

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