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Jeremías 1,5


Antes de formarte en el vientre te escogí

Jr 1,4-10; Sal 70; 1P 1,8-12; Lc 1,5-17 / Is 1,5-17; Sal 138; Hch 13,22-26; Lc 1,57-66.80

Esas palabras de Jeremías se completan en Jesús, y también en Juan el Bautista, aunque en un principio se refieran a los profetas. Podemos preguntarnos, sin embargo, si no se refieren también a todo miembro de la Iglesia, a ti y a mí; incluso podríamos sostener aún más, si es verdad que Dios conoce nuestro rostro y que nos ha dado nombre, Dios ha escogido, dándole el ser, a toda persona. No es lo suyo un vago reconocer por la configuración de los ojos y de los oídos, por las huellas digitales y del iris, que somos del género humano. Nos ha escogido desde el mismo acto principial de la creación para, en su momento, modelarnos a cada uno a su imagen y semejanza. No de manera genérica, como construidos en serie con los detalles precisos para que seamos bellos a sus ojos. Conoce cada rostro.

Todos, porque personas como él, hemos sido elegidos desde el vientre de nuestra madre. Nos da nuestro ser individual, no un espurrimiento genérico que nos haría reconocibles por nuestras huellas. Dios nos conoce; nos ha elegido desde el vientre de nuestra madre. Y nos ha elegido para plasmar en cada uno de nosotros esa imagen y semejanza con la que nos creó y nos sigue creando. Uno a uno, no en cadena de montaje industrial, en la que se nos espurrean aquí y allá olores y colores para que parezcamos individuos reconocibles como tales.

El salmo insiste: en el seno materno, tú me sostenías. Todos somos piezas originales, modelados una a una por la mano creadora de Dios. Por eso debemos decir que en el vientre materno ya me apoyaba en el Señor. De otro modo, ¿cómo hubiera tenido vida, la vida personal que es la mía? Porque las cosa son así, como nos señala Pedro en su primera carta, no hemos visto a Jesucristo y lo amamos. No lo vemos y creemos en él. Nuestro destino en libertad es alcanzar la meta de nuestra fe: nuestra propia salvación. Desde antiguo, desde nuestros primeros padres, entenebrecimos aquella imagen y semejanza original que nos daba ante Dios un rostro reconocible. Habíamos sido elegidos desde el vientre materno, pero pecamos y nos alejamos de aquella semejanza. Seguíamos siendo personas, de otro modo no hubiera tenido sentido la encarnación del Verbo buscando nuestra salvación, ya que habríamos imposibilitado de raíz la labor del mismo Dios. Engañados, buscábamos campar por nuestros respetos, alejando la voluntad de nuestro Creador, allegándonos a ídolos construidos con nuestras manos. Desfiguramos nuestro rostro, aunque Dios nunca perdió su amor misericordioso por nosotros; éramos nosotros los que parecíamos no tener ya la capacidad de ver el rostro de Dios.

Siempre hemos podido darle gracias, porque nos ha escogido portentosamente, y en Cristo buscaba tiempo y maneras para redimirnos. Aquí es donde un nacido de mujer, Juan, nos indica el camino. Señalándonos a quien va a venir después de él. Antes de que llegara Cristo, predicó la salvación. Nos señaló al Cordero que quita el pecado del mundo. Antes de que llegara Cristo, Juan predicó la conversión. Nos hizo ver que era el pecado quien entenebrecía nuestro rostro ante Dios y nos señaló el rostro que reconocería en plenitud el nuestro, estirando de nosotros desde la cruz con suave suasión, ofreciendo ante nuestros ojos un tal espectáculo de modo que, mirándolo con mirada de fe, reencontráramos en él nuestra imagen y semejanza primigenias.

Jeremías 1,5

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