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Jesús nos descubre la alegría


La alegría ciertamente es una necesidad fundamental del ser humano. El anhelo de experimentar la alegría está tan arraigado en el corazón del hombre como la búsqueda de sentido a la propia existencia. La misma experiencia cotidiana así nos lo demuestra. Es por ello que tantos buscan infructuosamente esta alegría en las múltiples ofertas de la cultura de muerte. El consumismo, la búsqueda desordenada del placer por el placer, de lujos, riquezas y confort, la ambición del poder, el hedonismo, etc., son tan sólo algunos signos de lo que el mundo nos ofrece como sucedáneos a nuestra necesidad de verdadera alegría.

La vida cristiana y la alegría son dos realidades íntimamente unidas. La alegría cristiana nace de la opción fundamental por el Señor Jesús, es fruto de una experiencia de fe en El y de comunión con Aquel que es Camino, Verdad y Vida (Jn 14, 6), que me muestra cuál es el sentido de mi vida en el mundo, la grandeza de mi destino.

El Evangelio es, ante todo, un mensaje de alegría, pues se trata de una Buena Noticia: estamos invitados a vivir el amor y es posible vivirlo aquí y ahora porque el Señor Jesús nos amó primero; el Hijo de Santa María nos muestra el verdadero significado y alcance del amor y nos invita a vivirlo. La auténtica alegría es un primer efecto del amor. Y este amor, el mismo amor de Cristo, ha sido infundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Rom 5, 5). Por eso afirma San Pablo que el fruto del Espíritu es la alegría (Gal 5, 22).

La alegría es un signo presente en la existencia cristiana. Nuestra alegría testimonia la profundidad de nuestro compromiso con el Plan divino. Quien vive su fe con tristeza y abatimiento, no ha comprendido el núcleo del mensaje del Señor Jesús.

En la Anunciación-Encarnación, el ángel invita a María a vivir la alegría mesiánica: “Alégrate, llena de gracia…” (Lc 1, 28). María se llena de gozo en el Señor pues el Mesías nacerá de Ella por obra del Espíritu Santo. El cántico del Magníficat es una hermosa expresión de alegría humilde, limpia, transparente, profunda. María exulta de gozo “en Dios mi salvador porque ha hecho en mí grandes maravillas” (Lc 1, 47.49). Cuando María y José presentan al niño en el templo, tanto el anciano Simeón como Ana se gozan en el Espíritu ante la presencia del Reconciliador (Lc 2, 29-38).

El Señor Jesús llama felices a los discípulos porque “vuestros ojos ven y vuestros oídos oyen” (Mt 13, 16), es decir, porque ellos han acogido la Buena Nueva, porque están abiertos al mensaje del Señor. En el momento de la Transfiguración, ese encuentro íntimo con el Señor mueve a Pedro a exclamar: Señor, qué bueno es estar aquí (Mt 17, 4). Sólo el Señor Jesús puede ofrecer la alegría que nadie nos podrá arrebatar (Jn 16, 22).

Jesús nos descubre la alegría

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