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La clave de bóveda de la Pastoral vocacional


La clave de BÓVEDA, de la pastoral VOCACIONAL Alejandro Fernández Barrajón, mercedario

Dios nos ha predestinado a ser santos e inmaculados en su presencia. Y a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó (Rom 8,29-30)

Como todas las cosas de Dios, esto de las vocaciones tiene mucho de misterio y paradoja. Porque Dios mismo es eso. Uno de los jóvenes seminaristas que estuvo conmigo, cuando fui formador y que era el que menos prometía, según el criterio de los hombres, porque casi nadie creía en él –de hecho, no fue admitido para entrar en el seminario diocesano de su diócesis–, es hoy un admirable y entregado consagrado misionero que lleva a cabo una labor eclesial y carismática de primer orden en un país muy empobrecido. Los hombres no creían en él, pero Dios sí.

Estoy convencido, cada día más, de que la mejor promoción vocacional que podemos hacer es mostrar, sin más, la autenticidad de lo que somos. Que los jóvenes puedan ver en nosotros, comunidades maduras, evangélicas, humanas y apasionadas por la misión. La clave de la oferta vocacional es que los jóvenes «vean».

Y como para muestra basta un botón, os voy a presentar dos botones que refuerzan que esto es así. Y que conste que no soy enemigo de programaciones y reuniones inacabables y actividades «vacacionales» para la pastoral vocacional, pero sí cuestiono que tanto ruido produzca tan pocas nueces. Vamos a ello.

Lo que cautiva hoy a los jóvenes no son las actividades vocacionales que organizamos, sino la vida que seamos capaces de transmitirles en nuestra vida y misión.

Mi amigo, ex alumno y paisano, el P. Tomás García, mercedario, es un misionero intrépido en Santo Domingo, donde lleva ya trece años y que se ha empeñado en un proyecto para recuperar a los niños limpiabotas al que dedica su vida por entero. Los técnicos de Manos Unidas, que han conocido in situ su proyecto, están encantados con el P. Tomás y le invitan a España de vez cuando para que dé su testimonio misionero en distintas diócesis, colegios, parroquias, a voluntarios de Manos Unidas, coincidiendo con febrero, el mes de la campaña contra el hambre. Este año ha vuelto a venir y ha pasado por Ciudad Real, Jaén y Guadalajara, hablando y promocionando la misión. Por donde va cautiva y cambia corazones. Tiene carisma. En Pastoral juvenil vocacional se diría: «Tiene gancho».

Estuve con él en un encuentro con jóvenes en Ciudad Real, convocado por la diócesis. Había carpinteros, soldadores, informáticos, enfermeras… Y todos, sin excepción, quedaron prendados de la misión y con ganas de hacer una experiencia misionera. Porque Tomás les hablaba de la vida, de su vida y no de teorías y teologías de la misión, aunque también hagan falta. A los jóvenes les toca y les convence la vida auténtica y entregada, la vida en primera persona.

Sería bueno que tomáramos nota de lo que cautiva hoy a los jóvenes. No son las actividades vocacionales que organizamos, sino la vida que seamos capaces de transmitirles en nuestra vida y misión.

A la vuelta de Guadalajara, me comentaba Tomás que se había quedado impresionado de la acogida y afecto con que ha sido recibido por donde ha pasado y resaltó, especialmente, esta acogida en el noviciado de los hermanos de la Cruz Blanca. Tienen muchos novicios, me decía, y yo le preguntaba: «¿cuál crees que puede ser la razón?». Tomás me contestó sin dudar: «¡La fraternidad que se respira!». Esto es ver y esto es impactar.

¿Están todas nuestras comunidades preparadas y dispuestas para ofrecer este tipo de testimonio de sana fraternidad?

Vamos a otro caso. Paseaba con Tomás por Madrid. Había ido a una reunión con un constructor, que es un bienhechor de la misión, y les ayuda en el proyecto. Tomás estaba feliz porque le habían prometido, en esa reunión, construir una guardería en la misión. Pasábamos cerca de Villa Teresita y me dijo: «¿Quieres que visitemos a las hermanas?». Y llamamos al timbre. Nos abrió Geña, que nos recibió con inmensa alegría. Una joven religiosa que, con sus hermanas, dedica su vida a trabajar en favor de las mujeres de la calle y contra la trata. Mujeres valientes y carismáticas que no tienen problema de visitar en plena noche los polígonos donde se ejerce la prostitución para ofrecer su apoyo e información a las mujeres, muchas de ellas explotadas y engañadas. Un carisma impactante que es un magnífico reclamo vocacional. Allí es donde me dijo la hermana Mercedes: «Las vocaciones tienen que fraguarse en la misión». Toda pastoral para ser auténtica tiene que estar abierta a la vocación matrimonial, consagrada y laica, y ha de abrir caminos para que sea cada día más evangélica y más misionera.

Por estos ejemplos, y por otras razones, creo que la Pastoral vocacional adolece de excesivas ofertas, rebajas y comodidades. La mejor propuesta es poner a los jóvenes frente a la cruda realidad de la misión con el respaldo de una comunidad que sea humana, abierta y acogedora. Donde prime la persona y no la ley. «Venid y veréis» se ha convertido, ahora más que nunca, en el eslogan de toda pastoral. Una pastoral que ha de ser siempre vocacional para que sea auténtica pastoral. No hay una pastoral vocacional y una pastoral viuda. Toda pastoral para ser auténtica tiene que estar abierta a la vocación matrimonial, consagrada y laica, y ha de abrir caminos para que sea cada día más evangélica y más misionera.

Los jóvenes no se impactan por consagrados perfectos y cumplidores, sino por consagrados humanos y fascinados por Jesucristo.

La clave de una auténtica vocación es la felicidad. La vocación innata del ser humano es la felicidad. Cuando los consagrados no somos felices difícilmente vamos a suscitar vocaciones. Porque los jóvenes no son torpes y no van a invertir su vida en un proyecto donde no ven felicidad ni esperanza.

No olvidaré, por curiosa, esta invitación que le hacía una monja contemplativa a unas chicas, con las que yo había ido a visitar a las madres al locutorio para que conocieran la vida contemplativa: «Hijas, a ver si alguna de vosotras se anima a entrar de monja porque, si no, no vamos a tener quien nos entierre».

La conclusión de una de las chicas era firme: «Yo no tengo vocación de enterradora». Y todos lo entendimos perfectamente.

Dadme una comunidad cristiana feliz, comprometida y madura y yo os daré vocaciones.

Pero si nuestras comunidades son pequeños castillos de invierno, con muchas llaves y con un buen foso defensivo, donde no nos falta nada, donde todo se hace secundario cuando hay un partido de fútbol, incluida la oración, donde cada uno se monta su pequeño reino de taifas y escasea alegría de la buena, no esperemos vocaciones, aunque las pidamos todos los días en la oración porque no las merecemos.

Los jóvenes no se impactan por consagrados perfectos y cumplidores, sino por consagrados humanos y fascinados por Jesucristo. Que recitan menos jaculatorias, pero están dispuestos a dejarse querer y a entregarse a los demás.

La dimensión afectiva de la vida consagrada, que es tan importante para los jóvenes, es todavía una asignatura pendiente. Los primeros cristianos atrajeron a muchos a la fe por su espíritu fraterno: «Mirad cómo se aman». Las comunidades de hoy somos, en general, muy educadas y cumplidoras, guardamos mucho las formas, pero no sé si puede decirse de nosotros con la misma contundencia: «Mirad cómo se aman». Y si no puede decirse eso de nosotros, es mejor que nos dediquemos a otra cosa.

Siempre he pensado que defraudar a un joven que quiere iniciar una experiencia de vida consagrada con nosotros y provocar su fracaso es un pecado muy serio porque podemos estar echando a perder una vocación que, en condiciones normales, hubiera podido florecer. Y acaba perdiéndose para nuestra congregación y para la Iglesia. Ya es grave que no merezcamos vocaciones, pero es más aún que malogremos las pocas que hay.

This story is from: Revista Cooperador Paulino nº 187 by Editorial San Pablo

La clave de bóveda de la Pastoral vocacional

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