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La vocación es un regalo


«Semillas de esperanza» La vocación: ¿decisión o regalo?

Autor: Padre Fernando Torre, msps.

Durante seis años fui formador en nuestro Noviciado. Tuve la oportunidad de acompañar a varios jóvenes en sus primeras etapas de formación. En ese tiempo pude constatar con mayor claridad lo que había percibido en mí y en mis compañeros durante los años de formación: que hay dos maneras de concebir la propia vocación. Una se expresa en esta frase: «yo decidí seguir este camino»; la otra diría así: «Dios me ha llamado. Jesucristo me ha fascinado». Podemos llamarlas “mentalidad de proyecto personal” y “mentalidad de gracia”, respectivamente. Estas dos mentalidades son posiciones extremas. Me fijaré en ellas, para que el contraste resulte más claro, sabiendo que muchas veces lo que vivimos es una combinación de ambas.

Es común que la “mentalidad de proyecto personal” («yo decidí») se viva en los primeros momentos de nuestro camino vocacional. Esto se debe a que, en el proceso de discernimiento, el último paso es una decisión que debo tomar: responder «sí» o «no» a la llamada de Dios. También esta mentalidad se acentúa al principio de la formación, porque “las heridas” de las renuncias aún sangran: se acaba de dejar padres, hermanos, amigos, novia, carrera, trabajo… Por eso, el joven que ingresa a un noviciado o a un seminario tiene una cierta conciencia de heroísmo por el paso que ha dado. En esta manera de ver la vocación, se piensa que lo esencial es la decisión del sujeto: «yo quiero entregarme a Dios», «yo quiero servir a los demás»; cuando en realidad lo fundamental es la llamada que Jesús me hace: «ven y sígueme» (Mc 10, 21). La vocación no la constituye mi repuesta sino el toque de Dios, su llamada: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir» (Jr 20, 7).

Esto, que es normal al principio de la formación, se convierte para algunos en una actitud estable en su vida religiosa o sacerdotal. No faltan quienes se la viven recordando —y recordándonos— todo lo que dejaron; las múltiples oportunidades y posibilidades a las que renunciaron (como si al decidirse por el sacerdocio hubieran renunciado a todas las mujeres que existen en el mundo; cuando en realidad sólo dejaron una —si acaso—). Y lo peor es que luego pasan a Dios (y a la Congregación o a la Diócesis) “la factura” de todo lo que dejaron. Siendo sinceros, ¿qué tanto es ese “todo” que hemos dejado? Esta era la actitud inicial de Pedro: «Ya lo ves —le dice a Jesús—, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué recibiremos?» (Mt 19, 27). Si nuestra vocación es auténtica, entonces su origen se encuentra en que hemos sido arrastrados por la impetuosa corriente del amor de Dios. Esa corriente nos ha hecho dejar “algunas” cosas. Pero una persona que ha sido víctima de una inundación no puede gloriarse de su desprendimiento; dejar atrás algunas cosas fue consecuencia de haber sido arrastrada por una fuerza a la que no pudo resistir. Si permanentemente estamos llorando por lo que hemos dejado, es signo de que nuestra vocación no la vivimos como un don de Dios, sino como una renuncia personal por la cual sentimos merecer aplauso y gratitud. ¡Vaya estupidez! Ya basta de insistir en “las renuncias” de la vocación. La vocación no es una renuncia heroica sino un regalo que se recibe; es una gracia, un privilegio: ¡Me saqué la lotería! (y sin comprar boleto). Es cierto que hay renuncias, y a veces grandes, pero siempre son secundarias. Lo primero es el don de Dios. Las renuncias son consecuencia de haber aceptado un regalo. Un signo de madurez vocacional consiste en ir pasando progresivamente de una “mentalidad de proyecto personal” («yo decidí») a una “mentalidad de gracia” («Dios me llamó»).

Para entender bien nuestra vocación, cuánta falta nos hace situarnos adecuadamente. Con el fin de evitarnos errores, Jesús nos dice: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros» (Jn 15, 16). La formulación negativa de esta frase excluye toda posibilidad de pensar en un protagonismo de nuestra parte. «¡Dios me ha elegido!» «Jesús se me manifestó y me ha fascinado». «Mi vocación es iniciativa de él». «Él quiso llamarme». Esta es una convicción que deberíamos tener grabada en lo más profundo del corazón. Tal certeza será un punto de apoyo seguro para cualquier crisis vocacional. Debemos valorar nuestra vocación: es un regalo que Dios nos ha dado. Debemos gozar nuestra vocación, pues en verdad es «hermosa», como decía el P. Félix Rougier . Si tenemos una “mentalidad de gracia”, entonces agradeceremos a Dios el don inmerecido de nuestra vocación. «El único modo de agradecer la gracia de nuestra vocación es el don completo, hecho a Dios, nuestro Padre amantísimo, de todo lo que somos» .

Pero entonces, ¿dónde queda nuestra decisión? En aceptar libremente un don que Dios nos quiere otorgar. ¿Tiene algo de heroico recibir un regalo? Pienso…  en todo lo que Dios tuvo que hacer, para revelarme su proyecto sobre mí, para que yo percibiera su llamada; en la manera como él se me fue manifestando; en la forma en que él fue abriendo mis oídos y mi corazón.  en todo lo que Dios tuvo que hacer, para que me sintiera atraído por su proyecto de salvación. No era una obligación que se me imponía desde fuera sino una invitación que él me hacía, respetando plenamente mi libertad. Yo no me sentí obligado a nada; me experimenté fascinado por Jesucristo.  en todo lo que Dios tuvo que hacer, para que me decidiera a seguirlo. Cierto que la decisión fue mía; pero él me dio la gracia para responder a su llamado. Ese «sí» brotó de mis labios, pero fue el Espíritu Santo quien impulsó mi corazón. Mi respuesta no fue ningún acto de heroísmo; fue sólo el consentimiento para recibir un regalo.

La vocación es una gracia que se debe recibir con gozo y humildad. Esto es lo que refleja la letra de un canto que mucho me gustó (desconozco quién sea el inspirado autor): «Qué detalle, Señor, has tenido conmigo: cuando me llamaste, cuando me elegiste, cuando me dijiste que tú eras mi amigo. ¡Qué detalle, Señor, has tenido conmigo!»

¿Y por qué Dios quiso llamarnos a nosotros y no a otras personas? Por su libre y gratuito amor que llama a los que quiere (cf Mc 3, 13).

La vocación no es un premio que se nos da por nuestras buenas obras. Tampoco es una conquista que realizamos con nuestros esfuerzos. Menos aún es algo a lo que tengamos derecho por lo que somos. ¡No! La vocación es un regalo. Nosotros no hemos hecho nada para obtenerlo; simplemente lo hemos recibido. Dios nos llamó porque le pegó la gana. ¡Y ya! Mi vocación es un signo contundente del amor de Dios para mí. Cuando san Marcos narra la llamada que Jesús hace al joven rico, dice que «fijando en él su mirada, lo amó» (Mc 10, 21). Mi llamado es una manifestación del amor personal, gratuito y entrañable de Jesús hacia mí. Si me ha elegido, es porque me ama. A mí me toca creer en ese amor (1 Jn 4, 16).

Siempre corremos el peligro de poner el acento en nosotros: «yo he decidido», «yo he renunciado». Pongamos el acento en Dios: «Dios me ha llamado», «Jesús me ha fascinado», «Dios me ha hecho un regalo». Entonces nos invadirá la gratitud y el gozo: Jesús, gracias por haberme llamado a seguirte y a trabajar por tu Reino: ¡no me pudo haber pasado algo mejor!

La vocación es un regalo

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