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8 de Diciembre Madre Inmaculada. Ruega por nosotros


FELICIDADES MADRE

Es Ella el primer destello de la aurora que nos trae en pos el venturoso día de la Redención; Ella la nubecita blanca que aparece en el horizonte e inundará la tierra de un diluvio de gracias; Ella la varita de Jesé que producirá la divina flor, Jesús, sobre quien descenderá el Espíritu Santo, y santificará y salvará al mundo; Ella, zarcilla que arde en llamas divinas, desde donde Dios escondido hablará y libertará a su pueblo del cautiverio del infernal Faraón; Ella, María, la Inmaculada, la Virgen pura, la primera obra de la Omnipotencia divina, la primera en su mente en la creación, la primera en sus manos en la Redención.

A. Amundarain

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Inmaculada de Isabel Guerra

VIGILIA DE LA INMACULADA

Dios, perdona que me dirija a ti de manera directa, para preguntarte cómo formaste a la criatura bendita, que habías escogido para ser la madre de tu Hijo. Al contemplar el relato de la creación, en el que te vemos sacando del pecho de Adán una costilla de la que formaste a Eva, madre de todos los vivientes, me ha venido al pensamiento la imagen de tu ciencia para hacer bien las cosas. ¡Cómo te esmerarías en tu destreza artesana, al crear a la Virgen Inmaculada!

Cuando el autor sagrado te representa como alfarero, te describe tomando la arcilla en tus manos, y afirma: “Así los hombres en la mano de su Hacedor, que a cada uno da según su juicio” (Ecco 33, 13). Sé que María de Nazaret es del mismo barro que nosotros, humana, criatura engendrada por los bienaventurados Joaquín y Ana. Pero ¿cómo imaginaste el ser de la Virgen, para hacerla colmada de gracia, limpia de toda mancha de pecado?

¿Acaso el libro santo se refiere al momento en el que formaste a la Madre de tu Hijo, cuando te describe formando la Sabiduría? “¡Cuán numerosas tus obras, Señor! Todas las has hecho con sabiduría, de tus criaturas está llena la tierra” (Sal 104, 24). “En efecto, en alma fraudulenta no entra la Sabiduría, no habita en cuerpo sometido al pecado” (Sb 1, 4).

De la Sabiduría se dice: “Radiante e inmarcesible es la Sabiduría” (Sb 6, 12). “Ella, en efecto, es más bella que el sol, supera a todas las constelaciones; comparada con la luz, sale vencedora, porque a la luz sucede la noche, pero contra la Sabiduría no prevalece la maldad” (Sb 7, 29-30). ¿Me equivoco, Señor, si en este relato contemplo tu obra maestra?

Si al hombre lo plasmaste con Sabiduría (Sb 9, 2) y lo hiciste a tu imagen y semejanza, ¿cómo hiciste a la Inmaculada? Y contemplo en el texto sagrado: “Yo salí de la boca del Altísimo, y cubrí como niebla la tierra”. “Antes de los siglos, desde el principio, me creó, y por los siglos subsistiré” (Ecco 24, 3.9).

Me atrevo a aplicar a María lo que hiciste de tu pueblo: “Eras el sello de una obra maestra, llena de sabiduría, acabada en belleza. En Edén estabas, en el jardín de Dios. Toda suerte de piedras preciosas formaban tu manto: rubí, topacio, diamante, crisólito, piedra de ónice, jaspe, zafiro, malaquita, esmeralda; en oro estaban labrados los aretes y pinjantes que llevabas, aderezados desde el día de tu creación” (cf Ez 28, 12-13), no obstante tu pueblo prevaricó. Pero Ella no te fue infiel.

“Pues bien, Señor, tú eres nuestro Padre. Nosotros la arcilla, y tú nuestro alfarero, la hechura de tus manos todos nosotros” (Is 64, 7). Si tuviste poder para hacer a la Virgen Inmaculada, y en ella reparaste nuestra fragilidad, toma de nuevo nuestra pobreza y haznos fiel reflejo de tu Sabiduría, para que no desdigamos a nuestro Criador.

Recuerda que “Tus manos me formaron, me plasmaron. Recuerda que me hiciste como se amasa el barro” (Sal 50, 8-9).

Recuerda lo que nos revelaste: “El cacharro que estaba haciendo se estropeó como barro en manos del alfarero, y éste volvió a empezar, transformándolo en otro cacharro diferente, como mejor le pareció al alfarero. Entonces me fue dirigida la palabra del Señor en estos términos: ¿No puedo hacer yo con vosotros, casa de Israel, lo mismo que este alfarero? - oráculo de Yahveh -. Mirad que como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano, casa de Israel” (Jr 18, 4-6).

Sí, Señor. Tú puedes hacer a la Virgen Inmaculada, y Tú puedes restaurar nuestras quiebras. No abandones la obra de tus manos.

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