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Nueva Beato Joan Roig y Diggle


CRONOLOGIA DEL PROCESO

Joan Roig murió en la noche entre el 11 y 12 de septiembre de ese año en Santa Coloma de Gramenet. El joven pertenecía a la Federación de Jóvenes Cristianos de Cataluña y era amigo del beato médico Pere Tarrés y de los alumnos de los beatos mártires escolapios Ignacio Casanovas y Francesc Carceller.

Fue asesinado por las juventudes libertarias de Badalona de cinco tiros en el corazón y uno de gracia en la cabeza, en la víspera del Dulce Nombre de María.

Había nacido en Barcelona el 12 de mayo de 1917. Aunque sus dos padres eran de la Ciudad Condal, su madre era de familia inglesa. De niño estudió en los Hermanos de La Salle de la calle Condal y el bachillerato en los escolapios de la calle Diputación. Allí tuvo como profesores a los sacerdotes escolapios Ignacio Casanovas y Francesc Carceller, que también son mártires y beatos.

De familia empobrecida

La familia Roig Diggle se empobreció y se trasladó al Masnou. Joan ayudaba a la familia trabajando como dependiente en un almacén de tejidos y luego en una fábrica en Barcelona, aunque sin dejar de estudiar. Al llegar a Masnou, ingresó en la Federación de Jóvenes Cristianos de Cataluña (FJCC), que fue creada en 1932 por mosén Albert Bonet y que llegó a contar con 8.000 muchachos antes de la guerra.

Joan Meseguer, presidente en 1936 de la rama infantil de la FJCC, escribió acerca de Joan Roig: «Cuando vino a Masnou nadie lo conocía, pero muy pronto se hizo notoria su piedad y ardiente amor a la Eucaristía. Se pasaba horas ante el Santísimo sin darse cuenta. Su ejemplo convertía más que sus palabras. Quería ser misionero. En un Círculo de estudios celebrado pocos días antes del 18 de julio nos dijo que veríamos a Cataluña roja, pero no sólo de comunismo, sino de la sangre de sus mártires, y que nos preparásemos todos, porque si Dios nos había elegido para ser uno de éstos, debíamos estar dispuestos a recibir el martirio con gracia y valentía como corresponde a todo buen cristiano, y así lo hacían los primeros en las catacumbas».

Según recoge la página « Religión en Libertad», Roig fue designado responsable de la rama infantil (10 a 14 años) de la FJCC. Iba a misa todos los días a las 7 de la mañana en Masnou y luego se marchaba en tren a Barcelona para estudiar. Su implicación en la Federación de Jóvenes Cristianos fue tan grande que asumió más cargos e hizo amistad con el beato Pere Tarrés, que entonces era un joven médico laico y vicepresidente de la asociación.

Empieza el horror

Tan solo dos días después de iniciarse la Guerra Civil, los milicianos quemaron la sede de la Federación y comenzaron a perseguir a los jóvenes fejocistas, que no dejaba de ser una asociación de fe y de acción social, pero no política ni perteneciente a ningún partido. La represión alcanzó a partir de entonces límites aterradores con el asesinato de miles de curas y creyentes. Los primeros, por el simple hecho de serlo, aunque fuera en pequeños pueblos alejados del centro de poder eclesiástico; y los segundos, por la única razón de no querer deshacerse de sus crucifijos o renegar de su fe.

Como defiende el historiador José Luis Ledesma en su artículo « De la violencia anticlerical y la Guerra Civil de 1936» (Universidad de Zaragoza): «España se convirtió en lo más cercano a un infierno sobre la tierra para los miembros de la Iglesia que estaban en esa mitad del país donde no se había producido o no había triunfado la sublevación».

Se calcula que unos 300 fejocistas fueron asesinados en la retaguardia republicana en Cataluña, incluyendo unos 40 sacerdotes ligados a ellos. La madre de Joan Roig Diggle, Maud, recordó años después lo que su hijo hizo durante aquellos primeros días de violencia: «Fue aliviando penas, animando a los tímidos, visitando a los heridos, buscando diariamente en los hospitales entre los muertos, para saber cuáles de los suyos habían caído asesinados. Cada noche, al pie del lecho, con el crucifijo estrechado en sus manos imploraba para unos clemencia, para otros perdón, y para todos misericordia y fortaleza».

El asesinato

Las iglesias de Barcelona estaban cerradas, quemadas o destruidas y no era posible ir a misa a ningún templo. El padre Llumá, director espiritual de Roig Diggle, entregó al joven una reserva eucarística para que pudiera acudir a casas particulares a atender a los más necesitados. En una de esas visitas, la que realizó a una tal familia Rosés el mismo día en que fue asesinado, dijo: «Nada temo, llevo conmigo al Amo».

Horas después, los milicianos fueron a buscarle a su casa. Él, sabiendo el destino que le esperaba, abrazó a su madre y se despidió de ella en inglés:

«God is with me» («Dios está conmigo»). Sus captores, que pertenecían a las juventudes libertarias de Badalona, le llevaron junto al cementerio nuevo de Santa Coloma de Gramanet. Le permitieron decir unas últimas palabra, que fueron: «Que Dios os perdone como yo os perdono».

A continuación recibió cinco disparos al corazón y un tiro de gracia en la nuca. Tenía 19 años. De hecho, según la legislación de la época, no era todavía un adulto. Cuando su tío se enteró de su detención, en la Policía le revelaron que uno de los verdugos había descrito sus últimos momentos: «¡Ah! Aquel chico rubio era un valiente, murió predicando. Murió diciendo que nos perdonaba y que pedía a Dios que nos perdonará. Casi nos conmovió».

Casi 7.000 religiosos asesinado

Al término de la Guerra Civil, el número de religiosos asesinados en la retaguardia republicana ascendió a 6.832. De ellos, 4.184 eran sacerdotes, 2.365 frailes y 283 monjas, según el estudio realizado por el historiador, periodista y ex-arzobispo de Mérida-Badajoz, Antonio Montero Moreno. En el «Catálogo de los mártires cristianos del siglo XX» de Vicente Cárcel Ortí se amplía esta cifra hasta los 3.000 seglares y 10.000 miembros de organizaciones eclesiásticas. Entre ellos estarían 13 obispos: los de Jaén, Almería, Barcelona, Tarragona, Ciudad Real, Lérida, Teruel, Guadix, Cuenca, Sigüenza, Orihuela, Segorbe y Barbastro.

Entre ellos se encuentran estos 300 mártires de la FJCC, que también sufrieron dicha persecución, a pesar de la federación sólo tenía cuatro años de vida y de que no estaba adscrita a ningún partido. De hecho, sería disuelta al finalizar la Guerra Civil. No fue hasta muchas décadas después cuando la Federación de Cristianos de Cataluña y la Asociación de Amigos de Joan Roig promovieron su beatificación.

Sus restos descansan en una capilla en la parroquia de San Pere de Masnou. El cardenal Ricard Maria Carles clausuró la fase barcelonesa del proceso de beatificación en 2001 y la remitió a Roma.

Nueva Beato Joan Roig y Diggle

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