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El tributo al Cesar


«Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no mi­ras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar im­puesto al César o no?»

(Mt 22)

Jesús se acerca a quienes viven su vida de manera disminuida, amenazada o insegura, para despertar en ellos una vida más plena. Pensemos en su acercamiento a los pecadores: Jesús les ofrece el perdón que les haga vivir una vida más digna, rescatada de la humillación y el desprecio. Pensemos también en los endemoniados, incapaces de ser dueños de su existencia: Jesús los libera de una vida alienada y desquiciada por el mal.

Como ha subrayado Jon Sobrino, pobres son aquellos para quienes la vida es una carga pesada, pues no pueden vivir con un mínimo de dignidad. Esta pobreza es lo más contrario al plan original del Creador de la vida. Donde un ser humano no puede vivir con dignidad, la creación de Dios aparece allí como viciada y anulada.

Por eso Jesús se preocupa tanto de la vida concreta de los campesinos de Galilea. Lo primero que necesitan aquellas gentes es vivir, y vivir con dignidad. No es la meta final, pero es ahora mismo lo más urgente. Jesús les invita a confiar en la salvación última del Padre, pero lo hace salvando a la gente de la enfermedad y aliviando dolencias y sufrimientos. Les anuncia la felicidad definitiva en el seno de Dios, pero lo hace introduciendo dignidad, paz y dicha en este mundo.

A veces, los cristianos exponemos la fe con tal embrollo de conceptos y palabras que, a la hora de la verdad, pocos se enteran de lo que es exactamente el reino de Dios del que habla Jesús. Sin embargo, las cosas no son tan complicadas. Lo único que Dios quiere es esto: una vida más humana para todos y desde ahora, una vida que alcance su plenitud en la vida eterna. Por eso nunca hay que dar a ningún César lo que es de Dios: la vida y la dignidad de sus hijos.

(J.A. Pagola)

Te pedimos por los médicos.

Que sus manos sean sanadoras y transmitan calma y sosiego a quienes sufren males físicos.

Llénalos de tu misericordia para que se compadezcan y sepan enjugar las lagrimas del débil enfermo y lo ayuden a recuperar su salud.

Que sepan transmitir esperanza y no apaguen las ilusiones.

Que se mantengan fieles a la palabra dada y no quebranten el juramento hecho.

Y sobretodo que no dejen de darte gracias por la belleza de su misión y por la vocación recibida.

Hermanos:

Daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. (Rm 13)

Si acaso resisto, insiste. Si niego, afirma. Vence tú en este duelo, entre tu promesa y mi reserva. Quítame el traje de gala y reviste mi desnudez de justicia. Cúbreme con un manto de coraje. Ármame de bondad y ponme en pie. Tu luz conquistará los reductos cerrados del alma. Tu palabra despertará las esperanzas y los sueños. Tu paso marcará el ritmo, tu vida mostrará la ruta hacia una tierra nueva habitada por todos. Señor de la alegría distinta, de los encuentros y fiestas, de la mesa compartida, del amor inquieto. Señor de la cruz vencida. Todo empieza en ti de nuevo.

(J.M.Rguez.Olaizola)

El tributo al Cesar

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