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Pinceladas Teresa de Jesús V Centenario Enero 2015


Diálogo de místicas. Seminario en la UIMP de Valencia

http://www.uimptv.es/video-386_diá...

El Sufismo: modelo de mística para los “últimos tiempos”. Wadud Sabaté,

Director del Centro Sufi de Barcelona

La Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en su sede de Valencia celebró un Seminario, dirigido por Juan Miguel Díaz Rodelas y Juana Sánchez-Gey Venegas, bajo el título “Diálogo de místicas”, del 22 al 24 de septiembre de 2014. En el corazón del mismo, Teresa de Jesús y su V Centenario. Ahora están disponibles los videos de las conferencias de los dos primeros días, ofrecidas por el canal de la UIMP.L

Santa Teresa quería conventos con música y alegría

FUNCION DE MARIONETAS

CONCIERTO LÍRICO Y RECITAL POÉTICO

Obra musical sobre la figura de Teresa de Jesús: “Nata per voi”

«Si no conocemos que recibimos, no despertamos a amar. Y es cosa muy cierta que mientras más vemos estamos ricos, sobre conocer somos pobres,

más aprovechamiento nos viene y aún más verdadera humildad. Lo demás es acobardar el ánimo a parecer que no es capaz de grandes bienes, si en comenzando el Señor a dárselos comienza él a atemorizarse con miedo de vanagloria». Libro de la Vida 10, 4

Curiosa historia de la relación de Teresa y sus hermanos con América y la ayuda que le prestaron los “emigrados” para sus fundaciones. Conferencia (resumen) interesante y foto del presidente de Ecuador sosteniendo el bastón de Teresa.

Hace pocas semanas el bastón de Santa Teresa de Ávila, un simple bordón de madera que se conserva en una urna, estuvo en Quito.

La mayoría de las personas solo supo que esa reliquia estuvo en el cambio de guardia del lunes 17 de noviembre al lado del presidente Correa, pero quizás no se enteraron de que el bastón está haciendo un peregrinaje por 30 países del mundo, como apertura del Año Jubilar por el quinto centenario del nacimiento de la santa, quien vivió de 1515 a 1582. Y quizás muy pocos saben que aquella gran figura del renacimiento español y de la contrarreforma católica que fue Santa Teresa de Jesús estuvo ligada a Quito. Más aún, que Quito fue la ciudad de América que más cerca estuvo de esa santa y que, además, fue fundamental para su vida y su obra.

La presencia en Quito del bastón en el que, paso a paso, se apoyó Teresa en todos sus recorridos por los caminos de España, fundando conventos e impulsando la reforma del Carmelo, cumplió, de una manera misteriosa, un deseo muy profundo de la santa, que muchas veces quiso viajar a Quito, y a donde se trasladó, como ella mismo lo relata en su autobiografía, en espíritu, para contemplar a su hermano Lorenzo y a su familia, en su casa quiteña.

Cristóbal Colón se había topado con América apenas 23 años antes de que naciera Teresa de Cepeda y Ahumada y en las décadas siguientes, empezó a conocerse -y a conquistarse a sangre y fuego cuando fue necesario- el inmenso Nuevo Mundo, sus montañas y sus ríos, sus desiertos y sus selvas, y sus gentes, sus tribus, sus reinos, sus sueños, sus dioses y sus cosmovisiones.

En una epopeya en que jugaron de partes iguales la diplomacia, la traición, la saña, el valor, las plagas, la tenacidad y la ambición, los españoles dominaron primero las islas del Caribe, luego sus costas, después México y más tarde Sudamérica.

Teresa y sus hermanos tuvieron presente al continente desde sus juegos de infancia. Pero la relación de la santa con el Nuevo Mundo habría de hacerse mucho más profunda porque sus siete hermanos “pasarían” a América. Como ella misma lo refiere en su autobiografía, los dos mayores, Hernando y Rodrigo, lo habían hecho antes de que entrara al monasterio de la Encarnación. Los menores, Lorenzo, Jerónimo, Antonio, Pedro y Agustín, cuando ya era monja.

El destino de los hermanos de Santa Teresa en América fue dispar, si seguimos a monseñor Manuel María Pólit, que investigó este tema hace más de un siglo. El mayor probablemente participó en la captura y muerte de Atahualpa y murió en Pasto, muchos años después. El segundo y el quinto murieron en batallas. El octavo hizo fortuna en Chile, fue gobernador de Quijos, y murió en Lima, tras regresar de España, en un viaje tardío cuando su hermana ya había muerto, donde había obtenido la gobernación de Tucumán. Dos, y tal vez tres, volvieron a España, vieron a su hermana y fallecieron allá. De otro no se sabe con certeza su muerte, pero sí de varios momentos de su vida, en Centroamérica, la Florida y Perú.

Un momento increíble se produjo en Quito, cuando cinco de ellos lucharon al lado del virrey Blasco Núñez Vela en la batalla de Iñaquito. Los Cepeda y Ahumada tenían con él estrechos lazos de amistad pues había sido su vecino en Ávila e incluso un hermano suyo, don Francisco Vela Núñez (que vino con el virrey a América), era padrino de bautizo de Teresa. Cuando don Blasco necesitó ayuda desesperadamente, se presentaron en Quito: Lorenzo y Jerónimo, que vivían en esta ciudad; Hernando, que vino desde Pasto, y dos hermanos recién llegados de España, Antonio y Agustín. El virrey nombró a Hernando alférez real y a Lorenzo, su secretario y miembro del estado mayor.

La batalla de Iñaquito fue una carnicería: el ejército del virrey de solo 400 hombres fue arrollado por los 1 000 de Gonzalo Pizarro. El virrey fue decapitado en pleno campo de batalla y 300 de sus hombres murieron, mientras que del bando rebelde apenas fallecieron siete. Entre las víctimas de la desigual batalla estuvo uno de los hermanos de Santa Teresa, Antonio, que murió de un balazo. Hernando, con una terrible herida de lanza en el vientre, pudo huir del campo de batalla con la ayuda de sus hermanos y, tras esconderse en Quito, los cuatro finalmente hallaron refugio en Pasto, protegidos por Sebastián de Benalcázar.

Estos cuatro Cepeda y Ahumada sobrevivientes, más Pedro, que vino de Centroamérica, lograron su revancha con el nuevo enviado del rey, el sacerdote Pedro La Gasca, a cuyo lado lucharon como oficiales del ejército que derrotó a Gonzalo Pizarro en 1548.

Las recompensas del rey a sus fieles vasallos se dieron enseguida. Lorenzo de Cepeda recibió el 22 de noviembre de ese mismo año su primer repartimiento de tierras y encomienda de indios, esto es hacienda y feudo en la provincia de Quito, más precisamente en Píntag, incluyendo el muy numeroso pueblo de Tolóntag. Nuevas participaciones en guerras, como en 1554, siempre a favor del rey, ampliaron sus encomiendas con tierras e indios en Paute. Su esposa, Juana de Fuentes, hija y nieta de conquistadores muy acaudalados, aportó al matrimonio con una rica dote. Así, a la vuelta de pocos años, Lorenzo de Cepeda era uno de los vecinos más ricos de Quito, ciudad de la que fue regidor, justicia mayor y alcalde, pasando luego a ejercer cargos de la Presidencia de Quito como teniente de gobernador, juez de residencia, fiscal y tesorero de las cajas reales. Tenía, a más de las encomiendas de Píntag y Paute, propiedades en el valle de Los Chillos, Químiag, Chambo y Penipe,

Durante muchos años, Santa Teresa no tuvo noticia cierta de sus hermanos. Pero una vez que se pacificaron las tierras sudamericanas empezó a recibir correspondencia regular de algunos de ellos, en especial de Lorenzo, que empezó a enviarle noticias y donativos, igual que a sus otras dos hermanas, Juana y María, a parientes y a antiguos sirvientes de su casa paterna.

En 1561 Lorenzo mandó un donativo más generoso a Teresa aprovechando el viaje a España de su hermano Jerónimo y unos comerciantes amigos. Esta, sin saberlo Lorenzo, se hallaba en plenos ajetreos de la fundación del primer convento de carmelitas reformadas, el de San José, para lo que carecía absolutamente de recursos. Fue tan oportuna la llegada del donativo que la propia santa le dijo en su carta de agradecimiento, que ella y las pocas personas que sabían de su proyecto, “han tenido por milagro el enviarme vuesa merced tanto dinero a tal tiempo”.

A partir de entonces, Lorenzo se convirtió en un mecenas de su hermana, y sus donativos le facilitarán realizar más fundaciones. En 1574, y al cabo de 34 años de separación, los dos volvieron a verse. Lorenzo, que había enviudado, salió de Quito con cuatro hijos y su inseparable hermano Jerónimo, pero el viaje resultó trágico: Jerónimo enfermó gravemente en el trayecto y murió en la ciudad de Nombre de Dios en abril o mayo de 1575, y poco después, en alta mar, también falleció su hijo, Esteban de Cepeda y Fuentes, niño de 12 años de edad. Sin embargo, al arribar a Sevilla Lorenzo descubrió para su consuelo que Teresa se hallaba en esa ciudad, a donde se había trasladado para una nueva fundación.

El encuentro de los hermanos debió ser por demás emotivo. Lorenzo le presentó a sus hijos, Francisco, Lorenzo y Teresa de Cepeda y Fuentes, y confesó a su hermana que una de las razones de su viaje era confiarle la crianza y educación de su hija, niña de ocho años, pues él, viudo y con 55 años de edad, no creía tener fuerzas para hacerlo. La santa recibió de inmediato a su pequeña tocaya, quien se convirtió desde entonces en su solaz, su compañía y, luego, en monja carmelita, la primera carmelita descalza americana.

Allí mismo, en Sevilla, Lorenzo pudo auxiliar nuevamente a su hermana, adquiriendo para ella una casa para que fundase el convento de esa ciudad, imposible hasta entonces por falta de recursos.

Lorenzo ya no habría de volver a Quito. Se avecindó en las cercanías de Ávila. Financió la edificación de la iglesia de San José, adjunta al convento del mismo nombre, donde hizo construir una capilla especial para su sepultura. Falleció el 26 de junio de 1580, de 61 años de edad, mientras que su famosa hermana moriría dos años después, el 4 de octubre de 1582, de 67 y medio.

Francisco, su hijo mayor, se quedó en España, donde se casó. Quien sí volvió a Quito, tras permanecer dos años en el colegio de los jesuitas de Ávila, fue Lorenzo de Cepeda y Fuentes, el segundo hijo, quien se hizo cargo de las propiedades y encomiendas de su padre y le sucedió en su titularidad. Fue un gran administrador e incrementó más todavía los bienes familiares, pues obtuvo tierras en Licto y Chambo, donde levantó un obraje. En 1626, de 62 años de edad, falleció en Riobamba, a donde se había trasladado con su familia. Fue a través de él que la familia de Santa Teresa prolongó su sangre en el Ecuador.

Como vemos, Quito estuvo presente de una manera muy intensa en la vida de Santa Teresa de Jesús y fue clave en la historia inicial del Carmelo. Esta monja, que debatió con los sabios de la Iglesia y con la sociedad que la rodeaba, que fundó 17 conventos en España, que produjo una grande y brillante obra literaria, que fue figura del Siglo de Oro español y Doctora de la Iglesia, encontró en su hermano Lorenzo y en la fortuna de este, proveniente de Quito, un apoyo sustancial para lograr las metas que se propuso.

Gonzalo Ortiz Crespo* ************************************

1 El éxtasis de Santa Teresa

Lo siento, lo siento mucho, pero no me puedo sumar a la hagiografía papanatas de Teresa de Jesús en su creación lírica. La poesía de la Santa no es desdeñable pero no pasa de discreta. La idea de su poema de mayor calado lírico y conceptual -“vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero, que muero porque no muero”- se la sustrajo a Juan Escrivá, que cien años antes había escrito: “Ven, muerte, tan escondida que no te sienta conmigo, porque el gozo de contigo no me torne a dar la vida”.

La prosa de Teresa de Jesús es, tal vez, después de la de Cervantes, la más destacada del Siglo de Oro. Asombra su sencillez, la claridad sintáctica, la contenida adjetivación, la música interior. Se recrea la Santa en las formas rústicas no en las literarias. No se envanece nunca. Su estilo ermitaño, como escribió Menéndez Pidal, se refugia en la humildad y la llaneza. Un prodigio. Camino de perfección es la expresión de la belleza por medio de la palabra, el temblor del pensamiento profundo. El libro de la vida, estremece. Las moradas, sobre todo la séptima, elevan el castillo interior que la Santa edifica en el alma. Los Conceptos del amor de Dios se alzan en una tremenda meditación galopante sobre las fronteras de la teología.

Tuvo Teresa de Jesús once hermanos. Era, al decir de Francisco Ribera, “de muy buena estatura, y en su mocedad hermosa”. Estuvo dos años paralítica y “sus padecimientos físicos fueron horribles”. Como Don Quijote, se enfrascó en la lectura de los libros de caballería. Hizo frente a su padre que no la quería monja. San Francisco de Borja encauzó su vocación. Se le apareció Jesucristo resucitado. Reformó el Carmelo. Fundó 17 conventos. La orden de los Carmelitas Descalzos se extiende hoy por más de un centenar de países, con 12.000 monjas y 5.000 frailes que mantienen 1.400 conventos. En defensa de la igualdad de género, hizo frente al insoportable machismo de su época. “Basta ser mujer para caérseme las alas”, escribió. Pero lo superó todo. La admiró Cervantes. También Lope de Vega. Se rindieron a su sabiduría Góngora y Quevedo. Fue nombrada Doctora de la Iglesia por el Papa intelectual Pablo VI.

Mujer de tan grueso calibre, se evadió siempre del envanecimiento. No presumía de nada. Cosechó agria oposición entre algunos de los suyos. La priora del convento de Valladolid la increpó y la echó de allí con viento fresco. Fue también despreciada por la priora del convento de Medina del Campo. La princesa de Éboli la denunció ante la Inquisición. Sufrió las vejaciones en silencio, sin una queja.

Admiró a San Juan de la Cruz, 27 años más joven que ella. Los siglos han situado al autor de Noche oscura en el primer lugar de la historia de la poesía en lengua española. Teresa de Jesús se habría sentido especialmente complacida si hubiera podido contemplar cómo en pleno siglo XX dos poetas comunistas colocaban a Juan de la Cruz en la cabeza de la poesía española. Tuve ocasión de escuchar de labios de Rafael Alberti su admiración por el autor del Cántico espiritual. También le oí a Pablo Neruda expresar lo mismo. Y no me extraña que, conversando con el poeta de Llama de amor viva, Teresa de Jesús entrara en éxtasis. Gian Lorenzo Bernini condensó el arrobamiento teresiano en una bellísima escultura.

Poco después de su muerte despedazaron su cuerpo incorrupto, repartido ahora en numerosos lugares: Roma, Lisboa, Alba de Tormes, París, Sanlúcar de Barrameda... Se equivocará, en fin, el Papa Francisco si no viaja en 2015 a España para rendir homenaje a Santa Teresa de Jesús en su V Centenario. No será fácil encontrar ni en el mundo religioso ni en el ámbito literario a una mujer de la dimensión de Teresa de Cepeda y Ahumada, la escritora de la lengua en pedazos, al decir de Juan Mayorga, la mujer “enherbolada de amor”, que escribió como si levitara: “Cuando el dulce Cazador me tiró y dejó herida en los brazos del amor mi alma quedó rendida; y cobrando nueva vida de tal manera he trocado, que mi Amado es para mí y yo soy para mi Amado”.

LUIS MARÍA ANSON, DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA | 02/01/2015 |

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