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Promesa del resucitado


PROMESA DEL RESUCITADO

Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 20)

MAS ¿DÓNDE TE ENCONTRARÉ? La promesa de Jesús resucitado a los suyos es consumación de la que Dios mismo había hecho en tiempos antiguos, cuando eligió a Moisés para que sacara de la esclavitud a Israel, y cuando encargó a Josué que acompañara a los israelitas en la entrada a la Tierra de la Promesa.

Pero cuando se cierne la noche, se experimenta la soledad, se vive el confinamiento, se nubla el horizonte, se adelantan hipótesis terribles, y las noticias se convierten en un cerco opresivo, que no permite alivio, ¿cómo y dónde encontrar la presencia prometida del Señor?

La tentación se cierne fuerte, y el halago de la huida para escapar se ofrece como alternativa justificada. Las estadísticas señalan la subida del consumo de alcohol, de droga y de violencia doméstica, hasta de intentos graves de suicidios por la desesperación. ¿Dónde encontrar señales que consuelen de la presencia del Resucitado?

La fe se acrisola, la esperanza se aquilata a fuego, el amor parece quebrarse, el orante se cansa, la reserva, incluso material, se agota. Y de ponto observo que quizá lo que debo hacer es mirar mi universo interior para poder librarme de la asfixiante realidad.

No obstante, también prosigue el ciclo de la naturaleza: se tapizan los prados, se sazonan los frutos, florecen los arbustos, crecen los veneros, se despliega la belleza del microcosmos vegetal tachonando el prado de amarillas margaritas. ¿Tendré que mirar al cosmos para ver el destello, la ráfaga divina?

Sé que debo romper el cerco impositivo, superar el poder mediático, afianzarme en lo que veo de bueno, generoso, piadoso y humilde, y mirar al mundo interior, donde los místicos aseguran que habita la presencia prometida, permanente de Dios con nosotros.

Y pruebo a introducirme en el silencio, con el eco de la Palabra hecha promesa: “Yo estaré con vosotros todos los días”. Y rezo, suplico, espero, creo, y confío en que Dios mismo valore el crédito que doy a su promesa, por más que a Él no lo veo.

“No tengáis miedo”, “Soy Yo”. Señor, si eres Tú el que nos visita y acompaña en esta hora recia, déjanos gustar el halo de tu acompañamiento. Enciendo una vela, coloco una flor, hago una ofrenda, reitero una súplica, retengo la impaciencia, ofrezco un gesto gratuito, y dejo que seas Tú quien golpee en mi puerta, y yo así presienta tu cercanía, aun sin verte. Y me viene a la memoria la confesión agustiniana: “¿Y qué lugar hay en mí adonde venga mi Dios a mí? ¿A dónde podría venir Dios en mí, el Dios que ha hecho el cielo y la tierra? ¿Adónde te invoco estando yo en ti?” P. Ángel de Buenafuente

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