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Sábado Santo 2019 Habla el silencio


Dame, Señor, la alegría de descubrir a tu madre y tomarla como mía. Dame, Señor, la alegría de estar a la espera de tu palabra. como lo estuvo ella. Dame, Señor, la finura de acoger y hacer vida tu palabra como tu madre la acogió y vivió. Dame, Señor, ojos de sorpresa para contemplar y descubrir tu presencia en la debilidad de la vida. Dame, Señor, fe para conocerte y servirte en la gente que me rodea. Dame, Señor, manos para acogerte y tratarte en mis amigos y amigas como María te acogió y te abrazó a Ti.

HABLA EL SILENCIO

Habla el silencio y cesan las melodías. Y no porque estemos de luto sino porque necesitamos un espacio para la reflexión y la contemplación del drama de Cristo: ha muerto por nosotros en una cruz. Como Judas, miramos desde lejos al Señor. ¡Te he vendido, mi Señor ¡ Sin darme cuenta o siendo consciente de ello te empujé a subir a la cruz con mi cobardía o mi afán de oportunidades.

Sí, mi Señor. Somos como ese apóstol que, teniendo a Dios delante de sus ojos, pudo más su apego al ruido del dinero, su servicio al poder que su fidelidad al que tanto había compartido contigo. Déjanos, Señor, ver tu cruz por lo menos desde lejos. También nosotros, en estas horas de generosidad y de entrega, sentimos que te olvidamos frecuentemente. Que el precio por el que te cambiamos es a veces mucho menor que aquel por el cual te traicionó el apóstol ingrato.

Como Pedro, necesitamos querer tu cruz. Porque, como Pedro, también constantemente te negamos. Porque no queremos ver la cruz en el horizonte de nuestra vida. Porque, incluso como Pedro en el Tabor, quisiéramos una vida sin lucha, sin sufrimiento. Un Dios que se desentendiera de los padecimientos de la humanidad.

Hoy, Señor, al contemplar tu cruz en este Viernes Santo….vemos que no hay tres negaciones escritas en sus dos maderos. Que, en ellos, se encuentran cinceladas y a millones las contradicciones de nuestra vida cristiana, nuestra tibieza a la hora de dar nuestra cara por ti, nuestro arrojo con las cosas del mundo y nuestra timidez para con las cosas de tu Reino. ¿Nos dejas contemplar como Pedro, desde lejos Señor, tu Santa Cruz?

Como Juan, permítenos estar debajo de tu cruz. Porque, también como Juan, necesitamos recostar nuestra cabeza ya no en tu pecho sino sentir la sangre que baja con fuerza por su madero. Como Juan, oh Jesús, también pretendemos el cielo (un puesto a tu derecha o a tu izquierda) sin mayor esfuerzo que una petición como contraprestación a nuestra amistad contigo. Sí, Señor. Déjanos como Juan, tu preferido, recibir al pie de la cruz –además del regalo que nos aguarda en la mañana de Pascua- a esa Madre que nos invita a estar firmes y en guardia hasta el día en que tú, de nuevo regreses para llevarnos contigo, para darnos nueva vida, para resucitarnos a una vida gloriosa y resucitada.

Como a María, admítenos por lo menos unos minutos para ser testigos de tanta pasión y de tanto desgarro. Porque, como María, también quisiéramos ser centinelas de tu amor que, en la cruz, lejos de morir se convertirá en semilla de eternidad para todos nosotros. Déjanos, oh Cristo, al pie de la cruz formar parte de la incipiente Iglesia, ser hijos de María y recibirla como Madre que permanece fiel, silenciosa fuerte y solidaria para acompañarnos en las noches oscuras del alma.

Javier Leóz

MEDITACIÓN PARA ESTE DIA

Vivimos en una sociedad en la que prima el activismo, y se valora a las personas por lo que hacen o pueden hacer. Se ha llegado a excluir del trabajo a los que pasan de cierta edad porque pueden ser menos rentables, y así se ha llegado a producir una atrofia social.

Desde una perspectiva espiritual, arrastramos una cultura moralista. Nos valoramos personalmente por lo que hacemos o dejamos de hacer, en vez de partir del hecho sobrecogedor de lo que somos por voluntad de Aquel que nos ha creado a su imagen y semejanza.

Deseo ahondar en la realidad que soporta nuestra identidad para poder crecer sobre el sólido cimiento del ser que somos.

Si rastreamos los momentos más importantes de la Historia de Salvación, sorprende comprobar que, en el momento de la creación, el relato bíblico, a la hora de describir el origen de la humanidad, hombre y mujer, aluda explícitamente al vacío del costado de Adán, del que el Creador hace a la mujer, madre de los vivientes, sujeto fecundo, por albergar en su seno la semilla de la vida.

Al sumar los distintos pasajes de la historia de salvación, al descubrir la coincidencia de la presencia de la mujer en los momentos más emblemáticos, como fue la creación, la encarnación, la recreación, la Pasión, La Cruz, la Pascua, Pentecostés, y la espera definitiva del Señor, me permito intuir un posible sentido de la presencia del sujeto femenino en toda la historia de salvación, no tanto como protagonista sexuado, sino como prototipo de sujeto capaz de albergar el don de la vida, actitud de pasividad, de receptividad, actitud necesaria para la fecundidad.

La imagen de la presencia de la mujer significa la actitud necesaria para acoger el don que Dios tiene dispuesto para cada ser humano desde antes de ser concebido y durante lo largo de toda su vida, en los momentos más emblemáticos y definidores de su historia personal de salvación.

La Iglesia y la piedad cristiana, el Sábado Santo, único día en el que no hay celebración de la Eucaristía, día vacío, dedican la jornada especialmente al acompañamiento de María, la madre Dolorosa, la Mujer que estrena su nueva vocación frente al vacío que ha dejado en su corazón la muerte de su Hijo, al convertirse en madre de todos los hombres.

No puede ser insignificante la sucesión de tantos textos bíblicos y la coincidencia en todos ellos del binomio vacío – mujer en los momentos más transformadores de la historia. Aplicados a la vida de cada persona, se convierten en luz reveladora de la actitud necesaria para personalizar el plan de Dios, para participar del don divino de la filiación y de la posible llamada al seguimiento.

Somos porque hemos sido creados, porque hemos sido engendrados. Nada hemos hecho para nacer. Hemos sido bautizados, se nos ha regalado el don de la fe. “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido”, dice Jesús. María, en la Anunciación, recibe el saludo del Ángel como “amada de Dios”. Hemos sido perdonados, redimidos, santificados. En definitiva, toda nuestra identidad mayor es por la gracia recibida, por los dones gratuitos, que, como acontece en la mujer, deberemos gestar, ensanchando la capacidad, por el deseo y por la obediencia. Nos corresponde la postura y actitud que tuvo María: “Hágase en mí según tu Palabra”.

Angel Moreno Buenafuente

Sábado Santo 2019 Habla el silencio

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