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Semillas para la Paz


SEMILLAS PARA LA PAZ

*Señor: tráenos la paz... Da a mi alma tu paz en el amor y en la confianza.

*La paz exige un perfecto equilibrio del alma, una santa indiferencia (según San Ignacio), una plena conformidad con la voluntad de Dios, una intensa entrega al querer divino.

* La paz es el descanso y quietud del alma en Dios. Esto supone, ante todo, una gran abnegación y generosidad en las luchas para sujetar la carne al espíritu, las pasiones a la razón y el espíritu a Dios.

*Jesús es manso, humilde, dulce, modesto, caritativo, abnegado, sufrido...; ahí se asienta la paz. En cambio, la soberbia, la impaciencia, la brusquedad, el orgullo, el egoísmo, la terquedad, el regalo, el amor propio son fuentes de inquietud y destruyen la paz.

*El secreto de la paz de Jesús, aun en medio de las más espantosas contradicciones y en sus sufrimientos, fue el de su total y plena entrega a la voluntad del Padre. En todo verá a su Padre, y su querer justo y santísimo le moverá siempre. Ver a Dios en todo, sea próspero o adverso, y unir siempre nuestra voluntad con la suya, nuestro querer y su querer, he ahí el gran secreto de la paz interior.

*Jesús es el gran Pacificador. Rey Pacífico le llama la Escritura. Viene a traemos la paz, y fue éste su primer mensaje desde el rincón de Belén.

*Los santos han sido siempre los grandes pacificadores de la humanidad.

*El verdadero pacífico busca con toda su influencia la concordia de unos con otros. El pacífico es pacificador al mismo tiempo. Y en esto está la perfección de esta virtud: en establecer la paz de los hombres entre sí, y de éstos con Dios.

*La paz interior se manifiesta al exterior guardando una perfecta armonía con el prójimo. Es la que perdona una ofensa, olvida una palabra hiriente, deja pasar lo que molesta, sacrifica en silencio las protestas de la ira, se hace dulce y mansa al chocar con otro corazón irritado y airado.

*Que reine primero en tus criterios la verdadera paz, no como la da el mundo, sino como la trajo Dios. Si acaso no la tienes, examina las causas. La verdadera paz supone una guerra incesante contra nuestras pasiones, contra el mundo y contra su rector, el demonio.

*¿Quieres gozar del bien de la paz? Sigue a Jesús, mira en todo a Dios, sé humilde, sacrificado, huye del ruido.

*La verdadera paz cristiana no exige el tener que disimular siempre, el callar faltas y defectos de nuestros hermanos y prójimos. Se oye muchas veces decir: por no reñir, por evitar disgustos y discordias, por mantener la paz…, callo, disimulo, hago la vista gorda… ¡Y me va bien! Esta paz es una paz demasiado cómoda, tal vez egoísta; desde luego, muy humana.

*Cristo vino a traer la paz al mundo, y, no obstante, nos dice que no vino a traerla sino con la espada. Vino a separar el hijo del padre, la hija de la madre, la hermana del hermano…Y es que no hay paz sin guerra.

*¡Por la paz del mundo en el reino de Cristo! Para que Cristo reine, trata tú de ser hostia suya, hostia de pureza, hostia de sacrificio, hostia de amor.

*Buscad la paz, Dios es la paz. Buscad la unión, en Dios está la unión. Buscad la santidad, Dios es infinitamente santo. Buscad la felicidad, la felicidad es sólo Jesús.

*El sacerdote, hoy, en la santa Misa, hace lo que hizo Jesús en la última Cena: le obedece y dice la Misa con Jesús, como Jesús y por virtud de Jesús. Bendice y consagra repitiendo las mismas palabras proferidas por Jesús, y esas palabras omnipotentes hacen que la sustancia del pan y del vino desaparezca y a ella suceda la sustancia del cuerpo y de la sangre del Señor, uno y otra inmolados, sacrificados, ofrecidos a Dios; sacrificio de propiciación y de paz para remisión de los pecados y sustento de las almas.

*Habla, di si no es para ti gozo, aliento, paz y consuelo ese Dios escondido y tan cercano a ti, de quien es propio compadecerse, perdonar y consolar.

*Para todo progreso en la vida de nuestra santidad, se precisa una gran paz interior, con una ilimitada confianza en el amor de Dios..., al que nosotros hemos de corresponder con la máxima fidelidad, pureza de intención, gran generosidad y completa entrega a su divino querer.

A. Amundarain

Seleccion de M. Rojo (AJM)

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