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Señor de la cercanía


Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario viendo tu fuerza y tu gloria! Tu gracia vale más que la vida, te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote. Me saciaré como de enjundia y de manteca, y mis labios te alabarán jubilosos.

En el lecho me acuerdo de ti y velando medito en ti, porque fuiste mi auxilio, y a la sombra de tus alas canto con júbilo; mi alma está unida a ti, y tu diestra me sostiene. (Sal 62)

Señor de la cercanía

Acercarte, salvando el abismo entre el infinito y lo limitado.

Salir de la eternidad para adentrarte en el tiempo. Hacerte uno de los nuestros para hacernos uno contigo.

Y así, de carne y hueso, empezar a mostrarnos en qué consiste la humanidad.

Eres el Dios de la cercanía, de los incluidos, de los encontrados, pues para ti nadie se pierde de los reconciliados, de los equivocados, de los avergonzados, de los heridos, de los sanados.

Eres el Señor de los desahuciados, de los agobiados, de los visitados, de los intimidados, de los amenazados, de los desconsolados, de los recordados, pues para ti nadie se olvida.

Tan cerca ya, tan con nosotros, Dios.

(José María R. Olaizola sj)

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Señor de la cercanía

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