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Viernes Santo 2020


Oración del Cordero

Este es el Cordero que enmudecía y que fue inmolado; el mismo que nació de María, la hermosa cordera; el mismo que fue arrebatado del rebaño, empujado a la muerte, inmolado al atardecer y sepultado por la noche; aquel que no fue quebrantado en el leño, ni se descompuso en la tierra; el mismo que resucitó de entre los muertos e hizo que el hombre surgiera desde lo más hondo del sepulcro.

(Extracto de homilía sobre la Pascua. Melitón de Sardes)

VIERNES SANTO

Hoy escucharemos, en el relato de la pasión, esta palabra final: «Todo está cumplido» (Jn 19,30). Es el final. No hay amor más grande. La máxima gloria de Cristo es la gloria de amar. Esta es su verdadera conquista. Y «entrega el Espíritu» (Jn 19,30). Es una expresión enigmática, que no se suele decir de un hombre que muere, y que expresa que derrama sobre el mundo ese perfume que había aspirado durante toda la pasión: Cristo ahora lo da, lo espira. No solo es que expira, que muere, sino que la docilidad total al Padre y su obediencia amorosa nos hace descubrir ahora ese tesoro escondido. Ese tesoro en los versículos siguientes queda incluso más claro.

La escena de la lanzada es para personas que se adentren, con mirada contemplativa, en la definitiva y total manifestación del don de Dios. Por eso, en san Juan es como el culmen de la revelación. Todo el evangelio de san Juan es la revelación de Jesucristo como Hijo de Dios. Ahora, en esta escena de la lanzada, el Hijo único, el que estaba junto al Padre, al que nadie ha visto nunca, nos lo va a revelar de modo pleno dejándose abrir el corazón, lo más interior de la persona, para dejarnos entrar en el insondable abismo de Dios.

«Fueron pues los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con él, pero al llegar a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua» (Jn 19,32-34). Se trata como de darle el golpe de gracia por si todavía quedaba algo de vida en él.

En san Juan, cruz, resurrección y Pentecostés presentan una unidad en esta escena porque estamos ante Cristo, muerto como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (identidad profunda que san Juan Bautista revelaba a sus discípulos al comienzo del evangelio). San Juan hace coincidir el momento en que los corderos pascuales se inmolan en el templo de Jerusalén, con la celebración de la Pascua: «Como era el día de la preparación» (Jn 19,42). La preparación es la incisión de los corderos para la comida pascual. Cristo asume la entraña de lo que era la religión judía para ahora, poniéndose él como centro, establecer una nueva economía religiosa. Es una nueva etapa en la salvación en torno a su persona, en torno a él muerto, en torno a él glorificado. Es un muerto resucitado, que da la vida y que derrama el don del Espíritu. El soldado ha golpeado el costado y queda abierto para el diagnóstico de la autopsia. ¿De qué ha muerto este hombre?: la autopsia dice que ha muerto de amor. Cristo ha asumido el puesto del cordero pascual. La última incisión en Cristo es esta lanzada. Según el Éxodo, al cordero pascual no se le podía quebrar ningún hueso. «Quebraron las piernas del primero de los malhechores y del otro crucificado con él, pero a él no le quebraron las piernas» (Jn 19,32s). En esto, san Juan está descubriendo el cumplimiento de esa profecía: no le quebrarán hueso alguno. Por eso Jesucristo es el Cordero pascual. No le quiebran, no le hacen el crucifarium, el quebrantamiento de los huesos, el toque de gracia.

De ese Vaso de alabastro precioso que es la Humanidad de Cristo (anunciado en Betania, cf. Jn 12,1-11), de esa Roca (1 Cor 10,4) golpeada por la lanza del centurión romano, al que la tradición llama Longinos, de ese Templo (cf. Jn 2,19-22), del lado derecho (Ez 47,1-12), brotan sangre y agua (cf. Jn 19,33-34). Esto es lo que suscita la reacción de asombro del testigo y por eso el versículo que sigue es tan insistente. «Pero al llegar a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua» (Jn 19,33-34).

Fijémonos que estamos ante un muerto que es herido ulteriormente, y del cual antes de que se presente resucitado, las apariciones, etc., está dando vida porque la sangre y el agua son la sede de la vida. Ciertamente, habrá explicaciones de tipo anatómico para que ello suceda, pero la mirada del discípulo amado, la mirada del creyente que está al pie de ese crucificado, descubre anticipadamente la unidad del misterio, lo que nosotros llamamos el misterio pascual: el misterio de muerte y resurrección está aquí, en este costado abierto del que brotan sangre y agua.

«El que lo vio lo atestigua, su testimonio es válido y él sabe que dice la verdad para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: “No le quebrarán hueso alguno”». «Mirarán al que traspasaron» (Jn 19,35-37).

San Juan está verificando aquí la profecía del libro de Zacarías: «Mirarán al que traspasaron». Esa mirada va a ser una mirada de fe en torno a la cual o desde la cual se construye la vida de la Iglesia, porque Cristo es el centro de la mirada. Aquí está todo el comienzo del itinerario de la espiritualidad del Corazón de Cristo que se centra en lo nuclear de la vida cristiana. No es algo advenedizo, sino entrañado en la revelación, que emerge en momentos puntuales de la historia por circunstancias diversas (san Juan Eudes, santa Margarita Mª, san Claudio la Colombière…)

Esa es la mirada que la Iglesia continua realizando, este Viernes Santo, de manera particular. Esa mirada al Corazón de Cristo ha sido anunciada infaliblemente, encauza y focaliza hacia lo nuclear de nuestra religión, de nuestro culto como expresión del amor de Dios que reclama, espera y mendiga de nosotros una respuesta de amor. Eso es la consagración, eso es la reparación, un amor perdonador, y una mirada que además trae siempre frutos de salvación (Ez 47, 9-12).

Los que miraban a la serpiente que Moisés levantó en el desierto quedaban curados de sus picaduras. Los que miran al Corazón de Cristo quedan sanados de sus dolencias, de sus pecados. De este Corazón brota sangre y agua que es la fecundidad del sacrificio. ¡De un muerto brota la vida! Es lo que Orígenes, uno de los Padres de la Iglesia, descubría en este texto y quedaba asombrado por el hecho de que de un muerto brotara la vida.

Tras morir, es atravesado y, antes de la Pascua, brota de él la vida. En su interior se ha formado ese río de agua viva que nos descubre la lanzada del costado y que es el Espíritu Santo. Es necesario descubrir la plenitud de esta escena en esas palabras de Jn 7: «De sus entrañas (koilia) brotarán ríos de agua viva. Y esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él». Es decir, del interior de Cristo, de sus entrañas, brotan esos ríos de agua viva que es el Espíritu y que recibirían los que creyeran en él, los que le miraran con mirada salvadora, con mirada de fe. «Mirarán hacia mí como aquel a quien traspasaron». Es una mirada de dolor, es una mirada reparadora hacia él. «Harán lamentación como hijo único primogénito y le llorarán amargamente como se llora amargamente a un primogénito» (Zac 12,9ss). Y más adelante: «Aquel día habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para lavar el pecado y la impureza». Es la fuente del Corazón de Cristo.

Esa agua que brota del cordero está en el centro de la Jerusalén celeste Ap 22). Esto es el colmo, este es el culmen, aquí está la plenitud de la revelación. La poesía mística de san Juan de la Cruz lo captó muy bien: «En la interior bodega de mi amado bebí y cuando salía por toda de esta vereda, otra cosa no sabía y el ganado perdí que antes seguía».

El Corazón de Cristo es la cámara nupcial del Nuevo Testamento.

«Allí me dio su pecho, allí me enseñó ciencia tan sabrosa y yo le di de hecho a mí sin dejar cosa, allí me prometí de ser su esposa». En Jesús y María,

Pablo Cervera Barranco Redactor Jefe de MAGNIFICAT, edición española

Contemplación de la cruz:

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