Ánimo… Sígueme…

Ene 13, 2024 | Oración y reflexión

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Dijo al paralítico:
«¡Ánimo, hijo!, tus pecados te son perdonados».
Algunos de los escribas se dijeron:
«Este blasfema».
Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo:
«¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: «Tus pecados te son perdonados», o decir: «Levántate y echa a andar»? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados -entonces dice al paralítico-: «Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa»».
(Mc 2)Jesús, antes de hacer el milagro, ni siquiera le pide fe, pues nada podía moverse en el alma tan paralizada de aquel hombre.
Sólo sabemos que Jesús le curó sin condiciones, y le ordenó tomar su camilla y volver a casa. Aquella camilla había sido hasta entonces compañera de muchas postraciones, físicas y espirituales, de muchos desánimos y desesperanzas.
Cuánta parálisis, sobre todo del alma, había soportado aquel lecho, al que se agarraba el paralítico como a su más grande posesión. Incapaz de aspirar y alcanzar mayores alturas, aquel hombre había aprendido a vivir casi a ras de suelo y a merced de los que le ayudaban a moverse.

Cuánta parálisis y cuántas camillas entre los cristianos, quizá en tu propia vida. Enredados en las ambiciones del mundo, en la opinión ajena, en nuestras excusas y justificaciones, en nuestros pecados y defectos, nos vamos acostumbrando fácilmente a vivir con el alma entumecida y aletargada, a merced del criterio ajeno, muy a ras de suelo, agarrados a la camilla de nuestra tibieza.

Sáname, Señor. No quiero que todas estas cosas se conviertan en una camilla donde apoyar mi propia mediocridad.
Amén.

En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo a la orilla del mar; toda la gente acudía a él y les enseñaba.
Al pasar vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dice:
«Sígueme.»
Se levantó y lo siguió.
Sucedió que, mientras estaba él sentado a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores se sentaban con Jesús y sus discípulos, pues eran ya muchos los que lo seguían.
Los escribas de los fariseos, al ver que comía con pecadores y publicanos, decían a sus discípulos:
«¿Por qué come con publicanos y pecadores?»
Jesús lo oyó y les dijo:
«No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores.»
(Mc 2)

TÚ ME SALVAS
No te cansas de mí,
aunque a ratos
ni yo mismo me soporto.
No te rindes,
aunque tanto
me alejo, te ignoro, me pierdo.
No desistes,
que yo soy necio,
pero tú eres tenaz.
No te desentiendes de mí,
porque tu amor
puede más que los motivos

Tenme paciencia,
tú que no desesperas,
que al creer en mí
me abres los ojos
y las alas…

(José María R. Olaizola sj)