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Maria

Dic 31, 2010 | María

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María

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María de Nazareth en el imaginarium popular cristiano es una figura a todas luces fundamental. Recorre todo el espectro que va desde ser la clave de la mística cristiana, hasta ser el tótem más representativo del fanatismo y de la fe popular del común de las gentes.
Como lógicamente el objetivo de este artículo es abordar el primer extremo del espectro, quiero empezar por desmitificar la trascendental figura de esta mujer, convertida en símbolo base de, mitad fanatismo y mitad fe tan sincera como ingenua.

María como símbolo del fervor de las gentes sencillas

María es un personaje bastante célebre entre los cristianos. Es el centro del fervor popular de las gentes sencillas. No hay pueblo que no tenga una virgen (o en su defecto un santo) por patrona de la ciudad, ni fiestas veraniegas que no se celebren en honor de una virgen, aunque sólo sea como reclamo publicitario para organizar botellones y fiestorros. Las mujeres del pueblo se pasan horas adornando la túnica de su virgen para que en la procesión luzca más bella y bonita que la virgen del pueblo de al lado que, ¡dónde va a parar! la virgen de nuestro pueblo con la de ellos. Y a ella acudimos por razones muy variopintas:
Hoy se trata de la salud de la abuela, mañana del ingreso en la Universidad del hijo mayor, pasado mañana buscar un buen futuro esposo para la hija… En el fondo se buscan a ellos mismos, no buscan amar. Rarísima vez piden los fieles otra clase de valores como la fe, la humildad o la fortaleza.

Y en el otro extremo…

A lo largo de la vida hemos asistido a muchas personas en el lecho de la agonía. Aún hoy están vivos en mí muchos recuerdos. Cuando uno agonizante, a pesar de las vanas palabras de sus familiares, presiente que se va, arrastrado por la corriente inexorable de la decadencia, cuántas veces hemos visto iluminarse aquel rostro abatido al rezar la Salve todos los familiares a coro: “a ti clamamos los desterrados hijos de Eva”.
Ignacio Larrañaga. El silencio de María

María está dentro del fervor popular, entre dos extremos, el de la fe de las gentes sencillas que lloran de sincera emoción al entonar la Salve, y el mercadeo de amuletos, jaculatorias y rosarios condicionados a los favores que presuntamente “la milagrosa estatua” (porque lo que en realidad se adora y se reza es a una estatua, que representa la particular virgen del pueblo, distinta de la del otro) pueda conceder a aquellos que en el fondo sólo miran en su propio interés.

El endiosamiento de María Santísima puede llegar a veces al paroxismo. Esto lo pude ver con mis propios ojos cuando visité Torreciudad, un descomunal templo situado cerca de Barbastro, en la provincia de Huesca, en España, que yo diría que compite en volumen con la mismísima basílica de San Pedro de Roma, y que es algo así como la sede central de la espiritualidad del Opus Dei. Hay en el complejo, una especie de museo de vírgenes, donde cada cual trae una talla de su virgen local y la coloca en una gran y alargada sala donde debe haber cientos y cientos de vírgenes. Hay gente que va allí y se enfada porque su virgen no está en el museo, a lo que se le responde que lo que tienen que hacer es traerla. Entonces van y regresan con una talla de “su virgen” y así quedan tranquilos. Antes “su virgen” no estaba. Había otras, muchas otras, pero no la suya.

El mismo guía que nos enseñó el museo y las otras estancias del monasterio, nos enseñó tres capillas mandadas a hacer por el propio José María Escrivá, pues nos decía que era selectivo a la hora de encomendarse a las vírgenes. Cuando estaba en Roma le tomó afecto a la de Loreto, después, al fundar Torreciudad, como estaba en Aragón se encariñó con la del Pilar, y por vaya usted a saber qué razones, acudía para según qué asuntos prefería la de Guadalupe. Y etc., etc. Para unos asuntos parece que era más apropiada la de Loreto, para otros parecía ser más conveniente la del Pilar, y para conseguir favores muy concretos sobre determinados y difíciles lances, al parecer la de Guadalupe tiene pinta de ser más milagrera. Es decir, que depende del tenor de los temas a tratar, procedía dirigirse a una virgen pero no a las otras, y viceversa.

Eso del fanatismo tiene su pizca de gracia. Un buen amigo mío dice que en esta vida, la gente puede cambiar de todo; puere cambiar de trabajo, de profesión, de mujer/marido, hasta de dios, de religión. Pero de lo que no cambiará jamás es de dos cosas, la primera de equipo de fútbol; uno es del Sevilla o del Atleti o del Barça, o del Boca Junior hasta la muerte. La segunda es de cofradía. Uno es macareno o trianero o guadalupano hasta la muerte también. Es algo absolutamente visceral e irracional, pero que te marca para toda la vida, tanto lo del fútbol como lo de la cofradía. Se lleva en la sangre, que se dice.

Por otra parte, la tradición cristiana ha otorgado a María el papel fundamental de “abogada nuestra”, de mediadora, de intercesora ante el Hijo, o ante el Padre; intercesora del intercesor ante un juez que no tiene nada claro nuestra sentencia absolutoria, y que con un poco de suerte, ella, que es mujer, con sus artes femeninas sabrá ablandar el corazón de un Dios bastante indignado con el género humano. “Ruega por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte”, rezamos en el Ave María, no sea que el juicio divino no nos sea propicio, y al final nos caigamos con todo el equipo en el averno; a ver si tú que tienes mano ante el Altísimo, puedes hacer algo.

Creo que esta creencia refleja el perfil psicológico del dios de los cristianos, o al menos de los católicos, bastante alejado del padre misericordioso que nos enseñó Jesús de Nazareth.

Si quitamos toda esta ornamentación popular y tradicional de la figura de María, y su papel de abogada de los imposibles ante un dios bastante cabreado con nosotros, y nos centramos en la figura humana de una mujer a la que le cayó, así, sin venir a cuento, la tremenda carga y responsabilidad de concebir en su seno, parir, educar (en la medida que Él se dejó) y acompañar a Jesús hasta su muerte, la cosa cambia de los festejos populares en honor a la Virgen, y los ruegos desesperados de intercesión, al asombro de cómo una humilde mujer, una Pobre de Dios, una bienaventurada, vivió en primera persona la “sin razón de Dios”.

María debería pasar de ser la aliada nuestra contra un dios enfadado, a la gran maestra de la fe, al ejemplo fundamental de vida en el que todos nos deberíamos ver reflejados. Eso aparte de que nos eche una manita el día del juicio, que nunca viene mal, y que el común de las gentes fervorosas de su virgen la sigan viendo como abogada nuestra.

María, madre de Jesús de Nazareth

En parte estas reflexiones a continuación están extraídas del libro de Ignacio Larrañaga, El Silencio de María, que recomiendo encarecidamente leer para entrar en el auténtico misterio de esta formidable mujer.

http://www.netsaber.com.br/resumos/ver_resumo_c_52883.html

María parece que recibió con bastante claridad el encargo del Ángel Gabriel de acoger en su seno al Salvador del mundo. Incluso tuvo bastante iniciativa al ponerse de camino para acompañar a su prima Isabel en su embarazo y parto. Es como cuando uno recibe la llamada de Dios y dice sí. Va que vuela. Todo sucede de forma fantástica, todo es precioso, todo es maravilloso y uno no deja de alabar a Dios por ello, a pesar de que los nubarrones de la incomprensión de sus vecinos amenazaban el horizonte inmediato de ambos, José y María.

Pero María, lejos de tener plena conciencia de todo lo que le sucedía, se tuvo que enfrentar con muchos contrasentidos y situaciones absolutamente incomprensibles para ella, amén de dolorosas. No tuvo revelaciones infusas, Dios no le hablaba al oído para explicarle el guión de la película. Lo tuvo que ir descubriendo ella sola a lo largo de su vida. Ella tuvo que moler el trigo para alimentar a su familia, rodear con sus brazos a su recién nacido y huir con Él a Egipto, porque nada más nacer, ya le querían matar. No fue ninguna princesa soberana, sino una pobre mujer y una mujer pobre. Nada más lejos de una semidiosa como la pintan en las imágenes de las iglesias.

Y además… no entendía nada.

¿Qué le quiso decir el venerable Simeón?

29 «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; 30 porque han visto mis ojos tu salvación, 31 la que has preparado a la vista de todos los pueblos, 32 luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel.» 33 Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. 34 Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción – 35 ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! – a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.»
Lc 2, 29-35

¿Estará vivo su hijo?

41 Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. 42 Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta 43 y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo su padres. 44 Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; 45 pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca. 46 Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; 47 todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas.
Lc 2, 41-47

Y menudo corte de mangas les hace a sus padres.

48 Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando.» 49 El les dijo: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?» 50 Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio.
Lc 2, 48-50

María (y José con ella) no entendía nada. Angustiados como estaban tras tres días de búsqueda, a lo máximo que pudieron llegar era, una vez le encontraron, a preguntarle por qué les había hecho eso. Y ante el corte de mangas de Jesús, además, no trataron de entender. Algo en lo más profundo de su ser les decía que más valía no hacerse preguntas ni pedir explicaciones, porque lo que estaban viviendo no eran acontecimientos normales. De alguna forma, desde que dijo “Fíat voluntas tua” en mí, según tu palabra, María sabía que iba a quedar atrapada en un torbellino de sucesos incomprensibles. Así que aprendió a guardar silencio, no cuestionarse nada y a guardar “todas esas cosas en su corazón”.

51 Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón.
Lc 2, 51

Si Lucas no hubiera descrito este pasaje de Jesús entre los doctores, a nadie en su sano juicio se le ocurriría que algo así hubiera sucedido. Un azote en el culo y para casa…

María poco a poco iba muriendo a su amor propio. Su “ego”, su “yo”, poco a poco fue desvaneciéndose, para, vacía de sí misma, ser esencialmente pobre y humilde.

Ignacio Larrañaga en su libro “El silencio de María”, la denomina “una pobre de Dios”. Alguien que no tiene nada que perder, porque lo ha perdido todo… para ganarlo Todo.

Además, Larrañaga comenta fantásticamente en su libro el incidente de Marcos 3, donde el evangelista describe las dudas sobre la salud mental que tenían los que le acompañaban, y hasta su propia madre.

20 Vuelve a casa. Se aglomera otra vez la muchedumbre de modo que no podían comer. 21 Se enteraron sus parientes y fueron a hacerse cargo de él, pues decían: «Está fuera de sí.» 22 Los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: «Está poseído por Beelzebul» y «por el príncipe de los demonios expulsa los demonios.»
Mc 3, 20.22

Es, como refiere Larrañaga, como si María no tuviera nada claro lo que hacía Jesús, y pensara que se le “había ido la olla”. Jesús no tenía ni tiempo para comer, y los suyos temían por su salud que parecía quebrantada. Así que decide llevárselo a casa, (como el bachiller Sansón Carrasco hizo con Don Quijote al final de la Primera parte de la novela), pensando que así podría entrar “en razón” y recapacitar, descansar y tomarse las cosas con un poco de más calma. Son los últimos intentos de María de poner algo de lógica a su vida, absolutamente ligada a la de su hijo.

30 Es que decían: «Está poseído por un espíritu inmundo.» 31 Llegan su madre y sus hermanos, y quedándose fuera, le envían a llamar. 32 Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen: «¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan.» 33 El les responde: «¿Quién es mi madre y mis hermanos?» 34 Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: «Estos son mi madre y mis hermanos. 35 Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.»
Mc 3, 30-35

¡La de Dios! ¡Toma ya! Jesús, simplemente la ignora. “Esa no es mi madre”, se atreve a decir. Decididamente Jesús estaba como un cencerro.

Todo son sombras para ella; con lágrimas en los ojos se volvería a su casa. Su hijo la había dejado en ridículo delante de todos. ¿Qué quedaba de la María que fue a visitar a su prima Isabel, llena de gozo e ilusión (aunque con el miedo en el cuerpo de cómo sería Aquello)?

Pero María guardaba todas estas cosas en su corazón. Tuvo que tragarse sin anestesia el camino del desierto, de aceptar sin comprender lo más mínimo la lógica de Dios, una lógica que permite que todas estas cosas sucedan.

Pero como con esto se le fue por el desagüe lo último de sí misma que le quedaba, cuando asistió con Jesús a las bodas de Caná, al darse cuenta de que no tenían vino, pedirle a Jesús que les echara una mano, responderle Él otra vez de un modo desabrido, “¿qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora”, María recuperada de los anteriores golpes bajos que le propició su Hijo le responde magistralmente. “¿Que no ha llegado tu hora? Te vas a enterar, machote”. Se da media vuelta, se dirige a los sirvientes y les dice “haced lo que Él os diga”. Y como diríamos ahora, “se fumó un puro”.

“Vaya, me la has metido por la escuadra”, pensaría Jesús (o algo así). En fin, qué se le va a hacer. Y convirtió el agua en vino.

María se marcó ese órdago porque a esas alturas de curso, ya sabía que para su Hijo todo era posible.

Y María bajó después a Cafarnaún (Jn 2, 12). Lo que indica que María cambió con Jesús su relación, pasando de una relación de madre, para pasar a ser una relación discípulo – Maestro.

Larrañaga denomina la situación de María como de penumbra, entre la luz y la oscuridad, entre el Cielo y la tierra. Esta es la grandeza de María, la que la hace sublime, la de saber caminar entre la luz y la oscuridad de Dios. La luz de los fenómenos maravillosos y las simas más profundas de la noche oscura del espíritu. Porque Dios para nosotros es tanto luz como oscuridad. María, como cualquiera de nosotros que haya sentido el flechazo de Dios, experimentó el ímpetu fabuloso de los primeros tiempos, para luego pasar por caídas y contratiempos, por etapas de duro desierto, de sequedad, de aridez, de humillaciones infringidas por su propio Hijo.

Pero el paroxismo de la oscuridad total fue la Pasión.

Aniceto Marinas, escultor segoviano, tiene en la parroquia de San Millán, en Segovia, una talla absolutamente asombrosa, “la soledad de María”. Una talla en la que se ve a María reclinada de pie contra el madero de la cruz vacío, con una mirada indescriptible de tristeza y vacío.

La Soledad es, al menos para mí, reflejo como ninguna otra talla, no del sufrimiento de María, que también, no de la paciencia y resignación que otras tallas similares evidencian. No muestra a una virgen guapa y enjoyada como la Macarena, ni serena, ni mística. Nada de eso.

La Soledad muestra simple y llanamente a una mujer desesperada.

La Soledad muestra a una mujer que no entiende nada, casi le está pidiendo explicaciones a Dios mismo de por qué han matado a su hijo y de esa forma tan horrible. No puede entenderlo, aunque la mitología cristiana pretenda hacernos creer que ella pudiera saber o aceptar la misión redentora de su hijo, y etc., etc. Llegados a este punto en el que han retirado el cuerpo sin vida de Jesús, ella, totalmente derrotada, siente la más absoluta soledad, se deja caer en el madero y con una cara de rendición, casi acusa a Dios de semejante salvajada. Por un momento deja de creer, desespera, se siente abandonada de Dios, como su Hijo, y maldice la propia obra supuestamente redentora de su hijo. Por qué le ha tenido que tocar a ella y a su hijo semejante tortura que tan dramáticamente ha concluido.

Nada tiene ya sentido. Enterrarán a Jesús y mañana se verá obligada a despertar de la más espantosa de las pesadillas. Tanto más espantosa y tanto más pesadilla cuanto que ella creyó y aceptó las extrañas circunstancias que envolvieron la venida al mundo y la vida de su hijo; y hasta llegó a ilusionarse con la misión que su hijo decía tener que cumplir. No hay palabras para describir lo que ese rostro transmite. Es difícil recoger en una foto toda la magnitud que evidencia la tragedia expresada en un rostro, no desencajado por el dolor, sino vacío, vacío de todo, hasta de lágrimas, casi sin vida de una mujer abandonada ya a un destino carente de todo sentido.

María a buen seguro fue una mujer inculta, es bastante posible que incluso fuera analfabeta. Sencilla como los pescadores no tenía más artillería para enfrentarse a la vida que su humilde sencillez. Sometida a las leyes judías, permanecería toda su vida hasta que enviudó sometida a la disciplina de su marido, del buen José, hablando lo justo para no sobrepasar lo admitido por las varoniles normas, para no molestar; atender a su marido y a su hijo desde la cárcel en vida que era la condición femenina en una sociedad absolutamente patriarcal. Desde la cárcel de su cuerpo, María vivía y sentía sin rechistar (porque no podía, no le estaba permitido), y no le quedaba otro remedio que “guardar todas esas cosas en su corazón”.

María tomó permanentemente la decisión de amar, de aceptar el “Fíat”, a pesar de no entender nada. Superó dudas (todas las del mundo), temores (todos los del mundo), inquietudes (inimaginables), sobresaltos, angustias, incertidumbres… Y a pesar de todo, amo, aceptó y confió. Fíat voluntas tua.

Ahora bien, todo era admisible, todo se podía aceptar, todo podría tener un sentido divino, que no humano, aunque ella no lo entendiera, hasta que llegamos a la escena que refleja la talla de Aniceto Marinas. En ese momento parece como si ella hubiera dicho “¡basta!, hasta aquí he llegado, pero ahora, con mi hijo muerto, asesinado, me explicarás Dios, si es que existes, qué has pretendido con todo esto. Creo que me lo merezco. He aceptado todo lo que has querido, pero esto no. No le puedes pedir a una madre que acepte el asesinato de su hijo, por mucho que trates de decirme lo de la salvación de los hombres y todas esas cosas que más parecen una fábula que algo real. ¡Vaya forma de salvar a nadie si te matan salvajemente! Mira, Dios, déjame en paz con mi dolor, olvídate de mí; deja que lama las heridas que me habéis infringido los dos en mi corazón. ¡Quiero morirme ahora mismo, quiero que no haya un mañana para mí! Se lo has arrebatado a mi hijo, toma el mío, te lo tiro a la cara, no lo quiero. Mi vida ya no tiene sentido. Esto ha sido un desastre, un completo fracaso, admítelo, como lo admito yo.

O quizás el rostro de la talla sólo refleje el vacío más absoluto y una total incapacidad para pensar. Ni siquiera para acriminar a Dios lo sucedido. Me resulta bastante difícil imaginar que en esos momentos María (que recordemos era de carne y hueso y no una talla policromada), pudiera mantener “el tipo” beatífico que la Iglesia le otorga en todo momento.

Se supone que tras permanecer un rato en esta actitud, María se derrumbaría, caería al suelo y rompería a llorar amargamente más tarde o más temprano, siendo recogida y acogida por Juan, el discípulo amado, y por sus familiares.

En algún momento se calmaría, acaso recobraría la serenidad para pedirle perdón a Dios por las tremendas ideas, pensamientos y juicios de valor que atravesaron su mente y su corazón en aquellas terribles horas, y volver a exclamar el himno constante que su corazón emitió durante toda su vida: “Fíat voluntas tua”.

Si como refleja el rostro de la talla, por María pudo haber pasado en su mente y corazón toda esta brutal carga de sentimientos, alguna mente mal pensada diría que si al tercer día resucitó… así cualquiera recobra la fe. Eso es jugar con ventaja. Esto nos conduce al misterio de la Resurrección.

Si a uno le da por pensar, y descarta de la meditación todo atisbo de espectaculares acciones, de efectos especiales milagrosos y ángeles trompeteros, y se queda con lo que casi con absoluta seguridad sucedió, que fue algo mucho más sutil y menos evidente para el común de los mortales -salvo para los que tenían fe y supieron resistir el brutal zarpazo de la pasión y muerte de Jesús de Nazaret-, se llega a la conclusión de que la Resurrección fue un acontecimiento que sólo se vivió en el corazón de los que amaban a Jesús y de alguna forma creyeron en Él. Él se manifestó a ellos y sólo a ellos, “con toda su realidad”, pero sin efectos especiales. Y a Él le supieron ver desde la fe y desde el corazón.

El auténtico valor de María, lo que la convierte en madre en la fe de todos nosotros es que ella vivió los acontecimientos de su vida en primera persona y además salvajemente, generándole toda una catarata de sentimientos encontrados y difíciles de asimilar. Pero lo hizo. Y lo aceptó: “hágase”. O es que alguien puede pensar que después del dolor que expresa la escultura, María se iría a su casa, se secaría las lágrimas y se diría a sí misma, “bueno, pelillos a la mar, que dentro de tres días a mi chaval me lo resucitan”. No sabía nada, no sabía absolutamente nada. A su hijo se lo mataron y punto. Caso cerrado. La redención o como ella conociera la misión de su hijo (si es que lo sabía), se fue al traste.

La Soledad de María refleja, al menos para mí, como ninguna otra representación plástica elaborada por mano humana, el momento culminante de la vida de María, ese momento donde todo pierde el significado que para ella pudiera tener; refleja el momento de máximo abandono, de máximo vacío. Nos dice que ella era humana, totalmente humana, que sintió, que padeció, que no era una diosa, sino una pobre mujer que le tocó el casi insoportable papel de ser la madre del Redentor. Y refleja cómo desde su humanidad atravesó el amargo momento de la muerte de su hijo, como lo atravesaría cualquier madre que estuviera en la misma situación, sin ninguna ventaja por razón de haber sido concebida (como reza la doctrina católica) sin pecado original.

La inmensa Gloria que se mereció María, la razón de que tras estos acontecimientos fuese respetada y venerada por la primera comunidad cristiana, a la que consideraban “la Madre” y “la Señora”, es que ella es el primer ser humano de carne y hueso que supo soportar los envites de “la lógica redentora de Dios”.

¿A ella le vas a preguntar por qué Dios consiente el mal en el mundo? ¿A ella?

Su respuesta no puede ser otra que…
“Y yo qué sé, hijo mío, Él es así. Nos da el consuelo y la hiel simultáneamente, porque esta es la única forma de que los humanos “aprendamos a ser”. Vivir con Dios, estar llenos de Dios no es un cuento de hadas, no es una historia fácil de vivir, todo lo contrario. Si quieres te lo puedo explicar más alto, pero no más claro.”

“A ti misma, te atravesará una espada”, le dijo Simeón. Y vaya si así fue.

Dios es paz y espada a la vez; yugo suave y carga ligera, pero exigencia total y absoluta y dolor extremo.

Todo esto escribirlo es fácil, pero se me ponen los pelos como escarpias y se me abren los dedos de los pies de pensar que yo, el que esto escribe, tenga que pasar por estos trances, hasta tener que exclamar de verdad a Dios, ¿por qué me has abandonado?

Todo viene en el mismo paquete que Dios te entrega si aceptas seguirle. Y María supo beber ese amargo cáliz y decir “sí, hágase según tu palabra”. Lo tomas o lo dejas. Pero no preguntes por qué, porque tu mente no hallará respuesta alguna. La respuesta sólo viene de Él, y se la da, justamente a los que no se la plantean.

María, rosa mística, paradigma del alma

Ahora, tras haber puesto la figura de María en su auténtico lugar en la Historia, viene lo que en mi experiencia personal supone esta formidable figura, máximo representante de la fe de los hombres.

La clave que hace de María un ser excepcional en la Historia de la Humanidad es esta frase:

38 Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»
Y el ángel dejándola se fue.
Lc 1, 38

Hágase en mí, según tu palabra. “Fiat voluntas tua”, hágase tu voluntad.

Este pasaje de la anunciación refleja la respuesta a la llamada, al “Fíat Lux”.

Literalmente supone el comienzo de la gran odisea de la Redención, con la encarnación del Hijo de Dios en las entrañas de María. Pero también en la intimidad de nosotros mismos, en el hondón de nuestro ser, en el alma humana.

Me explico.

Para eso, para que la Redención pueda ser una realidad en ti, en cada uno de nosotros, hemos de ser también “virgen y mujer”. Virgen significa estar vacío de toda imagen extraña, tan vacío como cuando todavía no eras, y mujer significa que puedes concebir y fructificar. “Una mujer virgen, llamada Marta, le recibió en su casa” (Lc 10,38). Eckhart toma el pasaje de Marta y María en una versión en latín donde Marta es referida como “mujer y virgen”. Y el hecho es que lo acoge en su casa, como virgen y como mujer.

El asunto del sexo en religión parece importante por lo que representa para nosotros la figura de un padre o de una madre, de un hombre o de una mujer; pero en realidad más creo que es una discusión bizantina plantearnos si Dios es del sexo masculino o femenino, como lo es el sexo de los ángeles. Pero como nosotros somos seres sexuados, y eso Dios lo sabe, pues se toma la licencia de tratarnos en nuestra condición de hombres o de mujeres.

En la literatura mística, la relación del ser humano con Dios, entendiendo como ser humano el alma, lo más profundo de nuestro ser, donde Dios habita, es una relación como la de un esposo y una esposa, un novio y su novia, el prometido y su prometida. Si el Esposo, el Novio es Dios, no queda otra que el alma sea la esposa, la novia. Teresa de Jesús explica la unión íntima del alma con Dios, como el “matrimonio espiritual”. El Cantar de los cantares, expresa en sus deliciosos versos, la relación del alma con Dios como de la novia con su amado. El Evangelio, en la parábola de las vírgenes prudentes y necias, escoge el género femenino. Etc.

El Cantar de los Cantares, es una preciosa fábula en la que se relata la relación del alma con Dios, como la relación de una esposa con su amado.

2 ¡Que me bese con los besos de su boca! Mejores son que el vino tus amores; 3 mejores al olfato tus perfumes; ungüento derramado es tu nombre, por eso te aman las doncellas.
4 Llévame en pos de ti: ¡Corramos! El Rey me ha introducido en sus mansiones; por ti exultaremos y nos alegraremos. Evocaremos tus amores más que el vino; ¡con qué razón eres amado!

Así comienza el Cantar de los Cantares de Salomón.

Escuchemos estas estrofas de San Juan de la Cruz:

CANCIONES ENTRE EL ALMA Y EL ESPOSO

ESPOSA
1
¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste
habiéndome herido;
salí tras ti clamando, y eras ido.
2
Pastores, los que fuerdes
allá por las majadas, al otero
si por ventura vierdes
aquel que yo más quiero
decidle que adolezco, peno y muero.
3
Buscando mis amores
iré por esos montes y riberas
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.

PREGUNTA A LAS CRIATURAS
4
¡Oh bosques y espesuras
plantadas por la mano del Amado!
¡Oh prado de verduras
de flores esmaltado!
decid si por vosotros ha pasado.

RESPUESTA DE LAS CRIATURAS
5
Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
y, yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de hermosura.

Si se leyeran estos versos y recitaran fuera de contexto, cualquiera podría incluso hasta escandalizarse, porque es un poema de alto contenido erótico. Y sin embargo, es la forma más clara de expresar la íntima relación del alma con Dios, como la de una esposa enamorada de su Amado.

Virgen significa estar vacío de toda imagen extraña, tan vacío como cuando todavía no eras, y mujer significa que puedes concebir y fructificar.

Es decir, tanto si lo tomamos de un modo alegórico como si lo tomamos de un modo efectivo, en relación a Dios, el alma se expresa como figura de mujer que espera la llegada del esposo. Toda la mística cristiana es una alegoría de la relación de la esposa con el Amado, de la novia que ha de presentarse a las bodas en traje deslumbrante, para ser tomada por esposa.

No se me disgusten los lectores muy machotes, pensando que esto es algo así como una concesión gratuita al sexo femenino, y que ¡hasta ahí podíamos llegar los hombres, que se nos obligara a sentirnos mujeres! ¡Mariconadas las justas!, que se dice.

Si al leer estas afirmaciones tú, si eres hombre, no te sientes a gusto con la condición de tu alma (es decir, de ti mismo) como mujer, virgen y esposa mística, si esto te escandaliza, poco o casi nada podrás comprender lo que sigue a continuación, que es, el misterio de la Encarnación, y al final, no habrás comprendido nada de lo que supone ni el adviento ni la Navidad.

Para entender este mensaje hace falta ser un niño. Porque jamás ganaremos un codo de estatura a fuerza de discursos y razonamientos.

Por eso, hace mucho tiempo, un ángel se le apareció a una niña (si por niña podemos admitir a una adolescente de 14 años) y le dijo lo siguiente:

28«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»
29 Ella se turbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo.
30 El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; 31 vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús.
32 El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; 33 reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.»

La chiquilla, aunque chiquilla, no era tonta, y sabría lo suficiente como para imaginar que en eso de concebir hace falta algo más… Por eso…

34 María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?»
35 El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. »

Y aquí está la frase más importante que un ser humano haya pronunciado jamás:

38«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»

Y el ángel dejándola se fue. (Lucas 1, 28-38)

Ahora podríamos dejar a los grandes sabios de este mundo que se pusieran a reflexionar sobre estas palabras, cosa que por cierto, ya lo han hecho, y han dejado las bibliotecas llenitas de sesudos tratados sobre este asunto.

Pero qué pasa si el significado de este pasaje del Evangelio de Lucas 1 fuera (además de su componente histórico que podría haber sucedido un 25 de Marzo allá por el año 1 AC (ó 7 AC), y lo que vino después), una auténtica realidad en todos y cada uno de nosotros.

Los humanos, todos nosotros, incondicionalmente sometidos a los dictados del tiempo, recordemos que somos fervientes adoradores de Chronos, interpretamos estos pasajes, y en general, todo el proceso de la Redención, en clave temporal, histórica. La anunciación, la encarnación, el nacimiento de Jesús, su vida, su palabra, su pasión y su resurrección, fueron acontecimientos que sucedieron, que pasaron, que ya han sido, y parece que lo que queda es el recuerdo vivo en nuestros corazones, que tratamos de mantener presentes a través de las ceremonias religiosas, para que no se nos olvide, en un calendario litúrgico que comienza todos los años allá a finales de noviembre con el adviento, termina con Cristo Rey, y repasa “aquellos sucesos” que cambiaron la Historia de la Humanidad para siempre.

Casi nadie cae en la cuenta de que en la vida espiritual, el tiempo no existe, es simplemente “Presente”. Dios no es el que fue o el que será; es “el que Es”, ahora y siempre. Pero siempre no es mañana, ni el mañana ni el pasado existen. Sólo existe el ahora.

14 Dijo Dios a Moisés: «Yo soy el que soy.» Y añadió: «Así dirás a los israelitas: “Yo soy” me ha enviado a vosotros.» Ex. 3, 14

Así que “el que Es” ahora, no le dijo hace 2000 años a María (que también), voy a encarnarme en ti, sino que nos lo dice a cada uno de nosotros que, escuchando la llamada y siendo consciente de ella, aceptamos el “hágase en mí según tu palabra”.

Quiero morar en ti, quiero encarnarme en ti, quiero habitar en ti. Quiero reproducir la Redención en ti, particularmente en ti. Y conmigo tendrás paz y espada, alegría y sufrimiento, luz y noche oscura, pasión, cruz, muerte y resurrección. Esta es la propuesta que Dios nos hace en nuestra particular anunciación. Y nuestra respuesta no puede ser otra que “Fíat voluntas tua”. O volver por donde hemos venido, tristones, porque tenemos demasiadas riquezas a las que no estamos dispuestos a renunciar.

Si los cristianos entendiéramos el Evangelio en clave de Presente, aquí y ahora, comprenderíamos cada uno de los pasajes, no como algo que sucedió, sino como algo que nos sucede a cada uno de nosotros, aquí y ahora.

Para eso, Ignacio Larrañaga recomienda, al leer la Biblia, poner todos los pasajes en primera persona. Por ejemplo…

3 Bajé a la alfarería, y he aquí que el alfarero estaba haciendo un trabajo al torno. 4 El cacharro que estaba haciendo se estropeó como barro en manos del alfarero, y éste volvió a empezar, transformándolo en otro cacharro diferente, como mejor le pareció al alfarero. Jer 18

Para eso, para que la Redención pueda ser una realidad en ti, en cada uno de nosotros, hemos de ser vírgenes y mujeres, como expresa Meister Eckhart. Porque no olvidemos que no tenemos un alma, somos un alma, embutida en un cuerpo provisionalmente. Hemos de ser vírgenes en el sentido de quedar vacíos de todo lo que no sea Él, de vender todo lo que tenemos, preparados para que Él pueda inundar todos los rincones de nuestro ser. Y mujeres, para poder dar mucho fruto, para que Él pueda nacer en nosotros, y que a nuestro través, Él pueda expresar y derramar su amor a los seres humanos.

Amigo, esta es la esencia de la vida, Dios en ti, tan íntimamente en ti, que sois una misma esencia. Somos una misma esencia.

Y lo peor que puede pasar es que no lo sepas, como describe Jesús en el pasaje de la perla escondida en la casa (o el dracma). La dueña de la casa no sabía que la había perdido en su propia casa. Y allí estaba.

El pasaje de la anunciación es el acontecimiento sublime en el que Dios llama a nuestra puerta, a la puerta de una niña (no de un sabio y letrado doctor, sino de una niña), mujer capaz de dar mucho fruto en su seno, y virgen, vacía de sí misma.

Este no es un mensaje para la mente, como puedes comprender. A nivel intelectual es casi escandaloso, o incluso ridículo, o incluso una “mariconada”. Es un mensaje para el Corazón.

Imagina cuando estabas en tu mejor romance con tu amado (o amada) de aquí, en la tierra, no tanto la escena, sino el éxtasis afectivo que experimentasteis los dos o habéis experimentado; u os pudierais imaginar.

Sentid, experimentad el abrazo de Alguien que os envuelve, que os rodea con sus brazos, y vosotras (hombres y mujeres) dejad estremeceros con su sola figura, y dejaos vestir de su hermosura.

No pasaría nada (sobre todo me dirijo a los hombres), si alguna que otra lágrima saliera de las comisuras de tus ojos. Llorar es también de hombres con alma virgen y de mujer.

María es eso, la expresión, el paradigma más perfecto del alma humana que ante la llamada del Esposo, le dice “si quiero”, hágase en mí según deseas.

Si logras experimentar esta sensación absolutamente indescriptible con palabras, entonces, la Navidad, la llegada del Esposo a tu virgen corazón, tendrá el profundo sentido que siempre ha tenido, pero que ha permanecido absolutamente oculto por las luces de neón, las comidas y regalos navideños.

Si en lo más profundo de tu ser, bien seas hombre o mujer, tu alma lograra sentirse el 25 de diciembre como se pudo sentir María, abrazando al niño en su regazo, recien parida, entonces puede que te aproximes en algo a lo que supone experimentar a Dios dentro, absolutamente dentro de ti; como siente a su hijo una madre gestante.

Ya sé que esta invitación suena raro (sobre todo a los hombres), pero es que en Dios nada es normal, su lógica nada tiene que ver con la nuestra.

Así que o lo tomas o lo dejas.

Todo lo que le sucede al Alma en su relación con Dios, tiene parangón en la vida de María. Es por ello que María, para los no fanáticos es sencillamente la perfecta guía del espíritu, la perfecta guía de nuestro camino hacia Él.

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