Apuntes de virginidad 6

30 Jun, 2011 | Apuntes de virginidad

DIMENSIÓN MISTICA DE LA VIRGINIDAD

cantar_de_los_cantares.jpg

Una caña pensante, una querencia de Absoluto, una espera de Dios es el hombre. La casa humana tiene que mantener abiertas las ventanas para que de su interior ascienda la oración y la esperanza; abiertas las claraboyas para que le llegue de arriba ”aquella paz divina que desciende…y asciende” (J. Ramón Jiménez 1881- 1958)
Esta debilidad en la fortaleza, o fortaleza en la debilidad la experimentan los vírgenes de toda la Historia, así nos lo muestra Benedicto XVI en Santa Juana de Arco. Experiencia mística y misión política:

Hoy quiero hablaros de Juana de Arco, una joven santa de finales del Medievo, fallecida a los 19 años, en 1431. Esta santa francesa, citada varias veces en el Catecismo de la Iglesia católica, es particularmente cercana a santa Catalina de Siena, patrona de Italia y de Europa. En efecto, son dos mujeres jóvenes del pueblo, laicas y consagradas en la virginidad; dos místicas comprometidas, no en el claustro, sino en medio de las realidades más dramáticas de la Iglesia y del mundo de su tiempo. Quizás son las figuras más características de las «mujeres fuertes» que, a finales de la Edad Media, llevaron sin miedo la gran luz del Evangelio a las complejas vicisitudes de la historia. Podríamos compararlas con las santas mujeres que permanecieron en el Calvario, cerca de Jesús crucificado y de su Madre María.

Queridos hermanos y hermanas, el Nombre de Jesús, invocado por nuestra santa hasta los últimos instantes de su vida terrena, era como el continuo respiro de su alma, como el latido de su corazón, el centro de toda su vida. El «Misterio de la caridad de Juana de Arco», que tanto fascinó al poeta Charles Péguy, es este amor total a Jesús, y al prójimo en Jesús y por Jesús. Esta santa había comprendido que el amor abraza toda la realidad de Dios y del hombre, del cielo y de la tierra, de la Iglesia y del mundo. Jesús siempre ocupa el primer lugar en su vida, según su hermosa expresión: «Nuestro Señor debe ser el primer servido» (Proceso de condena =PCon, I, p. 288; cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 223). Amarlo significa obedecer siempre a su voluntad. Ella afirma con total confianza y abandono: «Me encomiendo a Dios mi Creador, lo amo con todo mi corazón» (ib., p. 337). Con el voto de virginidad, Juana consagra de modo exclusivo toda su persona al único Amor de Jesús: es «su promesa hecha a nuestro Señor de custodiar bien su virginidad de cuerpo y de alma» (ib., pp. 149–150). La virginidad del alma es el estado de gracia, valor supremo, para ella más precioso que la vida: es un don de Dios que se ha de recibir y custodiar con humildad y confianza. Uno de los textos más conocidos del primer Proceso se refiere precisamente a esto: «Interrogada si sabía que estaba en gracia de Dios, responde: si no lo estoy, que Dios me quiera poner en ella; si lo estoy, que Dios me quiera conservar en ella» (ib., p. 62; cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 2005).

Nuestra santa vive la oración en la forma de un diálogo continuo con el Señor, que ilumina también su diálogo con los jueces y le da paz y seguridad. Ella pide con confianza: «Dulcísimo Dios, en honor de vuestra santa Pasión, os pido, si me amáis, que me reveléis cómo debo responder a estos hombres de Iglesia» (ib., p. 252). Juana contempla a Jesús como el «rey del cielo y de la tierra». Así, en su estandarte, Juana hizo pintar la imagen de «Nuestro Señor que sostiene el mundo» (ib., p. 172): icono de su misión política. La liberación de su pueblo es una obra de justicia humana, que Juana lleva a cabo en la caridad, por amor a Jesús. El suyo es un hermoso ejemplo de santidad para los laicos comprometidos en la vida política, sobre todo en las situaciones más difíciles. La fe es la luz que guía toda elección, como testimoniará, un siglo más tarde, otro gran santo, el inglés Tomás Moro. En Jesús Juana contempla también toda la realidad de la Iglesia, tanto la «Iglesia triunfante» del cielo, como la «Iglesia militante» de la tierra. Según sus palabras: «De Nuestro Señor y de la Iglesia, me parece que es todo uno» (ib., p. 166). Esta afirmación, citada en el Catecismo de la Iglesia católica (n. 795), tiene un carácter realmente heroico en el contexto del Proceso de condena, frente a sus jueces, hombres de Iglesia, que la persiguieron y la condenaron. En el amor a Jesús Juana encuentra la fuerza para amar a la Iglesia hasta el final, incluso en el momento de la condena.

Me complace recordar que santa Juana de Arco tuvo una profunda influencia sobre una joven santa de la época moderna: Teresa del Niño Jesús (1873-1897). En una vida completamente distinta, transcurrida en clausura, la carmelita de Lisieux se sentía muy cercana a Juana, viviendo en el corazón de la Iglesia y participando en los sufrimientos de Cristo por la salvación del mundo. La Iglesia las ha reunido como patronas de Francia, después de la Virgen María. Santa Teresa había expresado su deseo de morir como Juana, pronunciando el Nombre de Jesús (Manuscrito B, 3r), y la animaba el mismo gran amor a Jesús y al prójimo, vivido en la virginidad consagrada.

Queridos hermanos y hermanas, con su luminoso testimonio, santa Juana de Arco nos invita a una medida alta de la vida cristiana: hacer de la oración el hilo conductor de nuestras jornadas; tener plena confianza al cumplir la voluntad de Dios, cualquiera que sea; vivir la caridad sin favoritismos, sin límites y sacando, como ella, del amor a Jesús un profundo amor a la Iglesia. (cf. Audiencia general Miércoles 26 de enero de2011)

Los vírgenes siguen a Jesús que vivió la seducción por Dios, que llenó su vida y le absorbió radicalmente.
Dios se apoderó místicamente de todo su ser y de todo su anhelo. Desde ahí centró y colmó su afectividad para abrirse a toda la humanidad. Como el Padre me amó yo os he amado, permaneced en mi amor

La virginidad de Jesús: Dimensión de agapé en la encarnación:
Experiencia del Altísimo, del Señor de la majestad que se abaja hasta el extremo de hacerse en Jesús nuestro Hermano; del Omnipotente, que viene a compartir en Jesús nuestra fragilidad; del Santísimo, que desciende a ocupar un puesto entre los pecadores; del infinitamente digno, que se humilla en su Hijo hasta el extremo de condividir nuestra abyección. Es la revelación, en Jesús, del ágape divino. Dios manifiesta hasta dónde llega su amor. Había creado al hombre a su imagen y semejanza. El hombre, con su ingratitud, se había apartado de él. Dios muestra entonces que su amor a su criatura es santo, es decir, completamente otro, infinitamente más fiel que el que brota del corazón del hombre: «Al igual que nos creaste por tu Hijo, así, por el santo amor con que nos amaste, quisiste que Él, verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen beatísima Santa María…» (1 R 23,3).

Dimensión fraterna en Cristo:
María está en el centro de este misterio de humildad y de amor: de ella ha tomado el Hijo de Dios nuestra carne, nuestra debilidad y fragilidad; por medio de ella se ha hecho Hermano nuestro, ese Hermano a quien contempla Francisco extasiándose: «¡Oh, cuán santo y cuán amado es tener un tal hermano y un tal hijo, agradable, humilde, pacífico, dulce, amable y más que todas las cosas deseable!» (1CtaF 13; cf. 2CtaF 56). Se comprende que englobe a María en su amor sin medida a su Señor (Martín Steiner, OFM)

La vivencia de la virginidad en secularidad como Jesús, y María, en apertura oblativa al deseo de la Trinidad, y a los hermanos/as, con la presencia del Espíritu, que nos enseña a amar al Padre y a los hermanos como el Señor Jesús con su amor virginal, infinito y misericordioso, incontrolable y desmesurado,es una gracia y una tarea “La verdadera vivencia no es una experiencia cualquiera, sino una experiencia intensa, profunda y duradera, que toca raíces de la persona, que se incorpora a la propia psicología y que llega a formar parte de la propia personalidad, de nuestro yo, de la forma en que pensamos y sentimos, hasta el punto de que ya no puede uno prescindir de dicha vivencia, ni se reconocería a si mismo sin ella (Ortega y Gasset ,1913)

La mística es la unión de Dios y la persona humana por el amor.
En la Historia sagrada vemos que Dios experimenta al hombre: lo busca y le dirige la palabra, le da signos y lo escruta, le llama la atención y lo seduce, pero sobre todo lo pone a prueba para que perciba cada vez más un nuevo modo de ser y de amar, de desear y de sentir a Dios y a su amor, dejándole entrever y gustar un nuevo e inimaginable espacio de libertad y de autrorrealización (cf. A. Cencini Por amor con amor en el amor. P.643)

El cristianismo no es un camino de negación del deseo, sino una verdadera oferta de salvación y rehabilitación del deseo. Dios mismo nos hace desear y reorientar y acoge los deseos del corazón. la ascesis cristiana nos enseña a identificarnos con la dinámica de nuestros deseos, pero desde la libertad frente a los objetos mismos de nuestro desear. Únicamente en el éxodo del deseo, del eros al agapé, se puede disfrutar el verdadero dinamismo liberador del deseo. Jesús es el Seductor del corazón humano que nos atrae y nos hace más ricos de nosotros mismos y capaces de aspirar a la plenitud desde la confianza en la fuerza humana del desear. Quinzá Lleó, Xavier, La cultura del deseo y la seducción de Dios Editorial Sal Terrae 1. ed.(01/1994)

Teresa de Jesús, (1515.-1582) la santa castellana, dio vuelta a la espiritualidad cristiana. Feminista antes de su tiempo, liberó a la mística de su racionalismo teológico y la llevó desde la razón al corazón. En ella el contemplar se convierte en gozar, como bien lo expresa Bernini en la escultura que le hizo y que está expuesta en el Vaticano. La espiritualidad centrada en el dolor dio paso al amor, la culpa a la amistad, la penitencia al éxtasis, los mandamientos a las bienaventuranzas.

Teresa destaca también por su vigor y talento literarios. Ninguna mujer hasta entonces había escrito como ella, explorando la subjetividad y narrando sin pudor y con mucha propiedad las sucesivas etapas de su unión amorosa con Dios. (cf. Frei Betto Teresa, la seducción de Dios es escritor, autor, junto con Leonardo Boff, de “Mística y espiritualidad”, entre otros libros)
. Santa Teresa de Jesús, emprendería la reforma de la Orden que todavía hoy conocemos por las Carmelitas Descalzas. En sus escritos Teresa de Ávila, doctora de la Iglesia, continúa describiendo sustancialmente un único camino a lo largo del cual Dios la ha conducido. En la obra más conocida, ¨Castillo Interior¨, el camino espiritual es presentado como una travesía de siete moradas, que constituyen otros tantos estadios de la oración. En los otros escritos la santa habla también de los grados de la oración, por ejemplo en el ¨Libro de la Vida¨, donde se habla de la oración de meditación y después de la oración de quietud, de la embriagadez del amor y, finalmente, de la oración de unión. En Santa Teresa de Ávila por ¨teología mística¨ no se entiende otra cosa que un determinado grado de contemplación, usada también para indicar la reflexión sobre la orientación mística.

San Juan de la Cruz, (1542-1591) se servirá en su obra la ¨Subida al monte Carmelo¨ de la imagen de la noche para presentar las etapas de la vida espiritual. La noche, que representa al mismo tiempo la purificación y el encuentro con el Dios inefable, abarca al hombre entero en su dimensión sensible y espiritual. Por esto el santo habla de una noche de los sentidos y de una noche del espíritu. Puesto que la purificación está confiada al hombre, el doctor de la Iglesia habla de una noche activa, a la cual corresponde la acción purificadora de Dios mismo, noche pasiva.

S. Juan de la Cruz (1542-1591)en Cántico espiritual lo expresó así:

Canciones entre el alma y el esposo

Esposa:

¿Adónde te escondiste,

amado, y me dejaste con gemido?

Como el ciervo huiste,

habiéndome herido;

salí tras ti, clamando, y eras ido.

Pastores, los que fuerdes

allá, por las majadas, al otero,

si por ventura vierdes

aquél que yo más quiero,

decidle que adolezco, peno y muero.

Buscando mis amores,

iré por esos montes y riberas;

ni cogeré las flores,

ni temeré las fieras,

y pasaré los fuertes y fronteras.

(Pregunta a las Criaturas)

¡Oh bosques y espesuras,

plantadas por la mano del amado!

¡Oh prado de verduras,

de flores esmaltado,

decid si por vosotros ha pasado!

(Respuesta de las Criaturas)

Mil gracias derramando,

pasó por estos sotos con presura,

y yéndolos mirando,

con sola su figura

vestidos los dejó de hermosura.

Esposa:

¡Ay, quién podrá sanarme!

Acaba de entregarte ya de vero;

no quieras enviarme

de hoy más ya mensajero,

que no saben decirme lo que quiero.

Y todos cantos vagan,

de ti me van mil gracias refiriendo.

Y todos más me llagan,

y déjame muriendo

un no sé qué que quedan balbuciendo.

Mas ¿cómo perseveras,

oh vida, no viviendo donde vives,

y haciendo, porque mueras,

las flechas que recibes,

de lo que del amado en ti concibes?

¿Por qué, pues has llagado

aqueste corazón, no le sanaste?

Y pues me le has robado,

¿por qué así le dejaste,

y no tomas el robo que robaste?

Apaga mis enojos,

pues que ninguno basta a deshacellos,

y véante mis ojos,

pues eres lumbre dellos,

y sólo para ti quiero tenellos.

¡Oh cristalina fuente,

si en esos tus semblantes plateados,

formases de repente

los ojos deseados,

que tengo en mis entrañas dibujados!

¡Apártalos, amado,

que voy de vuelo!

Esposo:

Vuélvete, paloma,

que el ciervo vulnerado

por el otero asoma,

al aire de tu vuelo, y fresco toma.

Esposa:

¡Mi amado, las montañas,

los valles solitarios nemorosos,

las ínsulas extrañas,

los ríos sonorosos,

el silbo de los aires amorosos;

la noche sosegada,

en par de los levantes de la aurora,

la música callada,

la soledad sonora,

la cena que recrea y enamora;

nuestro lecho florido,

de cuevas de leones enlazado,

en púrpura tendido,

de paz edificado,

de mil escudos de oro coronado!

A zaga de tu huella,

las jóvenes discurran al camino;

al toque de centella,

al adobado vino,

emisiones de bálsamo divino.

En la interior bodega

de mi amado bebí, y cuando salía,

por toda aquesta vega,

ya cosa no sabía

y el ganado perdí que antes seguía.

Allí me dio su pecho,

allí me enseñó ciencia muy sabrosa,

y yo le di de hecho

a mí, sin dejar cosa;

allí le prometí de ser su esposa.

Mi alma se ha empleado,

y todo mi caudal, en su servicio;

ya no guardo ganado,

ni ya tengo otro oficio,

que ya sólo en amar es mi ejercicio.

Pues ya si en el ejido

de hoy más no fuere vista ni hallada,

diréis que me he perdido;

que andando enamorada,

me hice perdidiza, y fui ganada.

De flores y esmeraldas,

en las frescas mañanas escogidas,

haremos las guirnaldas

en tu amor florecidas,

y en un cabello mío entretejidas:

en sólo aquel cabello

que en mi cuello volar consideraste;

mirástele en mi cuello,

y en él preso quedaste,

y en uno de mis ojos te llagaste.

Cuando tú me mirabas,

tu gracia en mí tus ojos imprimían;

por eso me adamabas,

y en eso merecían

los míos adorar lo que en ti vían.

No quieras despreciarme,

que si color moreno en mí hallaste,

ya bien puedes mirarme,

después que me miraste,

que gracia y hermosura en mí dejaste.

Cogednos las raposas,

que está ya florecida nuestra viña,

en tanto que de rosas

hacemos una piña,

y no parezca nadie en la montiña.

Deténte, cierzo muerto;

ven, austro, que recuerdas los amores,

aspira por mi huerto,

y corran sus olores,

y pacerá el amado entre las flores.

Esposo:

Entrado se ha la esposa

en el ameno huerto deseado,

y a su sabor reposa,

el cuello reclinado

sobres los dulces brazos del amado.

Debajo del manzano,

allí conmigo fuiste desposada,

allí te di la mano,

y fuiste reparada

donde tu madre fuera violada.

O vos, aves ligeras,

leones, ciervos, gamos saltadores,

montes, valles, riberas,

aguas, aires, ardores

y miedos de las noches veladores,

por las amenas liras

y canto de serenas os conjuro

que cesen vuestras iras

y no toquéis al muro,

porque la esposa duerma más seguro.

Esposa:

Oh ninfas de Judea,

en tanto que en las flores y rosales

el ámbar perfumea,

morá en los arrabales,

y no queráis tocar nuestros umbrales.

Escóndete, carillo,

y mira con tu haz a las montañas,

y no quieras decillo;

mas mira las compañas

de la que va por ínsulas extrañas.

Esposo:

La blanca palomica

al arca con el ramo se ha tornado,

y ya la tortolica

al socio deseado

en las riberas verdes ha hallado.

En soledad vivía,

y en soledad he puesto ya su nido,

y en soledad la guía

a solas su querido,

también en soledad de amor herido.

Esposa:

Gocémonos, amado,

y vámonos a ver en tu hermosura

al monte o al collado

do mana el agua pura;

entremos más adentro en la espesura.

Y luego a las subidas

cavernas de la piedra nos iremos,

que están bien escondidas,

y allí nos entraremos,

y el mosto de granadas gustaremos.

Allí me mostrarías

aquello que mi alma pretendía,

y luego me darías

allí tú, vida mía,

aquello que me diste el otro día:

el aspirar del aire,

el canto de la dulce filomena,

el soto y su donaire,

en la noche serena

con llama que consume y no da pena;

que nadie lo miraba,

Aminadab tampoco parecía,

y el cerco sosegaba,

y la caballería.

En un último análisis, después de haber descubierto, siguiendo su eje principal, que al ¨místico¨ se le abre un camino, que por síntesis del humano y divino es espiritual, completamente nuevo para llegar a la unidad total. En expresión de Edith Stein, (1891-1942) de las Carmelitas Descalzas, fuertemente influída por la corriente fenomenológica de Edmund Husserl y Max Scheler, y en quien Karol Wojtyla profundo conocedor de la tradición carmelitana apoyará su tesis doctoral (1953) sobre fenomenología y ética cristiana, en realidad se trata de una intrínseca unión de cuerpo, alma y espíritu, que constituyen el núcleo de la persona, y que con dimensiones psíquicas nuevas deriva en la experiencia mística.
a vista de las aguas descendía.

A. Torio

Noticias relacionadas