El mundo de los afectos 3

10 Oct, 2011 | Autoformación, Encantada de conocerME

EL MUNDO DE LOS AFECTOS III

1. Introducción
Inicio esta nueva reflexión con una cita de Albert Einstein:
La más bella y profunda emoción que nos es dado sentir, es la sensación de lo místico. Ella es la que genera toda verdadera ciencia. El hombre que desconoce esa emoción, que es incapaz de maravillarse y sentir el encanto y el asombro, está prácticamente muerto. Saber que aquello que para nosotros es impenetrable realmente existe, que se manifiesta como la más alta sabiduría y la más radiante belleza, sobre la cual nuestras embotadas facultades sólo pueden comprender en sus formas primitivas. Ese conocimiento, esa sensación, es la verdadera religión”
Un tema lleno de sabiduría, pero sobre todo de belleza.
2. Amor y dolor.
Son dos realidades fuerte, e íntimamente, fusionadas. No hay amor sin dolor. Se recoge en el Kempis “Sin el dolor no se vive el amor”. El amor siempre pasa por momentos de crisis, de incertidumbre, de ruptura.
Llegar a ser personas maduras, comporta el precio del sufrimiento; donde amar significa experimentar que no pisas terreno firme. Descubrir, que amar de verdad entraña vivir a la intemperie, sin asideros, sin seguridades.
Las primeras crisis, se dan en la persona en la adolescencia, y están relacionadas son su autoconcepto. Son momentos de autoafirmación de la persona, de definir su identidad.
Un primer choque con la realidad, que a lo largo de los años, continuará apareciendo. Crisis que nos cuestionan, porque ante todo se debate quienes somos, como somos, qué queremos.

3. La sabiduría del Amor
Un benedictino irlandés llamado Mark Patrick Hederman escribió: el amor es el único ímpetu que es suficientemente desbordante como para forzarnos a abandonar el confortable refugio de nuestra bien amada individualidad, despojarnos de la impenetrable concha de la autosuficiencia, y salir gateando desnudos a la zona de peligro que está más allá, el crisol donde la individualidad es purificada para hacerse persona.
Santo Tomás de Aquino, lo dice de otra manera: la persona que ama debe por tanto aflojar ese cerco que le mantenía dentro de sus propios límites. Por esa razón se dice del amor que derrite el corazón: el que está derretido ya no está contenido dentro de sus propios límites, muy al contrario de lo que ocurre en ese estado que corresponde a la dureza de corazón.
4. El peligro del amor
Es más agradable hablar: del amor romántico, de las relaciones platónicas o de la felicidad que el amor aporta. Pero, si volvemos a la óptica de la madurez, que antes comentaba, no queda más remedio, que situar al amor, donde él termina colocándonos.
Abrir nuestro corazón, tomar conciencia de nuestros sentimientos, amar a los demás; son actos delicados, arriesgados, e incluso, peligrosos.
El amor nos rompe. Nos hace salir de nuestra tendencia al hedonismo, al individualismo, al egoísmo. Hace añicos, sobre todo, todos esos ismos, que endurecen nuestra humanidad. Dejar que el amor lleve la batuta de nuestra vida, probablemente desemboque, en terminar haciéndonos daño.
Escribe C.S Lewis: Amar en cualquier caso es ser vulnerable. Ama algo y tu corazón ciertamente estará partido y posiblemente roto. Si quieres asegurarte de mantenerlo intacto, no debes entregarle tu corazón a nadie, ni siquiera a un animal. Envuélvelo cuidadosamente en hobbies y pequeños lujos; evita todo enredo amoroso; enciérralo seguro en la urna o el ataúd de tu egoísmo. Pero en la urna-segura, oscura, inmóvil, sin aire-cambiará. No se romperá; se volverá irrompible, impenetrable, irredimible. La alternativa a la tragedia, o al menos al riesgo de la tragedia, es la condenación. El único sitio aparte del Cielo donde puedes estar perfectamente a salvo de todos los peligros y perturbaciones del amor, es el infierno.
5. Universalidad del amor.
Si nos hemos decidido a superar esos riesgos del amor, estaremos en condiciones más o menos maduras, de lanzarnos a la aventura de amar.
El amor auténtico es a la vez particular y universal. Queremos a las personas que conocemos, que tenemos cerca, que nos quieren. Este es el amor concreto que tiene nombres y apellidos. Pero también debemos querer universalmente. La Cualidad fundamental del amor es que no se puede atrapar porque es él quien nos envuelve y domina. Por eso, se abre a la Humanidad entera.
En un momento de la Eucaristía, se lee, a veces, una oración, que personalmente me emociona:
Padre, danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana. Inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado. Ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido. Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando.

6. El amor concreto.
El amor se hace asequible, real, experimentable, en personas concretas y en señales concretas.
Acercarse al misterio del amor, significa que amaremos a personas específicas, algunas con amistad y otras con profundo afecto. Tenemos que aprender a integrar esos amores en nuestra identidad, en nuestro caso, de personas consagradas.
Dios nos envía las personas que necesitamos en nuestro camino para encontrarnos con Él. Es la imagen de un tren. Nosotros somos los vagones. A lo largo de nuestra vida van a subir y bajar personas. El tiempo que permanecen es variable. Cuando bajan, no sabemos si habrá alguna estación en la que podrán volver a subir. Lo que si conocemos, es que en nuestro vagón han dejado su perfume y su huella, y eso nos ha transformado.
El amor se traduce en gestos, palabras, miradas, sonrisas, abrazos…un repertorio que conforman un código distinto de comunicación, más profundo y más sincero.
7. Amor y castidad.
Cuando amemos a alguien profundamente, entonces tendremos que aprender a ser castos. Escribió el dominico Herber McCabe: “La castidad que no es una manifestación de amor es meramente el cadáver de la verdadera castidad”. La castidad es una libertad profunda del mundo de los afectos, donde el único que me posee y por quien me dejo poseer, es por Dios. Es una apuesta seria, dura, y fuerte por vivir en la realidad de quien soy, y quienes son realmente las personas a quienes amo. Amar sin apegos, sin exclusivismos, sin posesiones. Amar en la madurez de un corazón desprendido, que se arriesga a los peligros de la entrega. Amar sin divinizar a la persona de la que “nos hemos podido enamorar”. Divinizar a la persona amada, es ponerla en el lugar de Dios. Hacer que ocupe el lugar que solo a Dios corresponde.
Es una exigencia de discernimiento continuo porque corremos el peligro, de otro lado, de proyectar nuestros deseos en la persona amada. Cosificar a la persona. Desear que satisfaga mis deseos. Utilizarla para mi bienestar; para paliar mi soledad; para contrarrestar la no aceptación de quién soy y como me quiero.
Es un encaprichamiento que oscila entre la divinización del otro, y la cosificación, según las circunstancias. Puedo ser agente o paciente de esta realidad, aparentemente “inocente”, pero en el fondo tortuosa, por recorrer los senderos de lo afectivo.
El primer paso, para liberarnos de esta esclavitud afectiva es reconocer la originalidad, la dignidad, la libertad de la otra persona. Es el principio para quitarnos la máscara que nos muestra una realidad ilusoria donde soy víctima de unos afectos turbulentos, que me atrapan y con los que intento captar a otr@s. Tenemos que aprender a abrir los ojos y descubrir quienes son realmente las personas que están a nuestro lado. La castidad implica abrir los ojos.
Una conciencia difícil de tomar. Un descubrimiento de quien soy en realidad. Un aceptarme y quererme en mi individualidad, es el paso necesario para vivir el amor casto en toda su radicalidad. Es el segundo paso. Aprender a estar sola conmigo misma. Si me da miedo la soledad, entonces buscaré a otras personas para evitarlo. Utilizaré a los demás para llenar mi vacio.
La crisis, como decíamos al principio forma parte de toda historia humana. De la nuestra también. Pero estamos llamadas a superarlas para madurar en el Amor. Este es el tercer paso. Abrirnos al amor. Cuando descubrimos el amor, no es para enterrarlo por peligro de que se acabe. Estamos llamadas a compartirlo con todas las personas que nos rodean. La forma en que este amor se expresa es el matiz. Nuestro amor tiene que distinguirse porque libera. Esto implica evitar que la gente se vuelva dependiente de nosotras. Tenemos que apoyarnos unas en otras, pero sin atarnos a nadie. Para analizar esto quizás podamos preguntarnos: ¿está haciendo mi amor más fuerte a esta persona, más libre, más madura, más independiente, o la debilito, la ninguneo, la anulo, la domino a mi antojo, según mis necesidades?. La sinceridad es crucial en la respuesta. Esto supone negarse a dejar que la gente se vuelva demasiado dependiente de uno para ocupar el centro de sus vidas.
Vivimos en una cultura a la que le resulta difícil distinguir entre fantasía y realidad. Todo es posible en el mundo cibernético. Por eso la castidad es difícil. Es el dolor de descubrir la realidad.
Aprender a amar es un asunto difícil que no sabemos a dónde nos llevará. Sería más fácil tener corazones de piedra. La gracia de Dios está con nosotras en los momentos de fracaso y de aturdimiento, para levantarnos y adentrarnos en esta aventura con confianza y coraje.

8. Una historia para ilustrar.
Poco a poco- cuenta Tony de Mello en el canto del pájaro-, iba quedándose ciego. Y cuando las medicinas ya no surtían efecto, tuvo que combatir con todas sus emociones. Yo mismo necesitaba armarme de mi valor para decirle: “Te sugiero que aprendas a amar tu ceguera”. Fue una verdadera lucha. Al principio me resistía a trabar contacto con ella, a decirle una sola palabra. Y cuando, al fin, consiguió hablar con su ceguera, sus palabras eran de enfado y amargura. Pero siguió hablando y, poco a poco, las palabras fueron haciéndose palabras de resignación, de tolerancia y de aceptación…, hasta que un día, para su sorpresa, se hicieron palabras de simpatía… y de amor. Había llegado el momento en que fue capaz de rodear con su brazo su ceguera y decirle “Te amo”. Y aquel día le vi sonreír de nuevo. ¡Y qué sonrisa tan dulce! Naturalmente, había perdido la vista para siempre. Pero ¡qué bello se hizo su rostro…! Mucho más bello que antes. La ceguera había pasado a vivir con él.
9. Conclusión
Con esta entrega se terminan estas reflexiones sobre el tema de los afectos. Un marco teórico amplio, donde cabe destacar la importancia de la vida sobre él.
Acabo con una cita del Padre, que creo recoge muy bien todo lo tratado:
“El modelo del amor de una hermanita debe ser el amor con que Jesús nos amó a nosotros. Con el mismo amor con que ama a su Padre, Jesús nos ha amado a nosotros. Con el amor con que nosotros amamos al Padre y a EL, debemos amarnos unos a otros. Nuestro amor a Dios no será perfecto y completo, si, a la vez, no amamos al prójimo. El triunfo del amor debe ser el de un amor universal, que abarca…a Dios en sí y…en las criaturas, y a las criaturas por Dios y en Dios” (2JE 46, 184)

Mª Victoria Romero Hidalgo
vickypsicol @hotmail.com
BIBLIOGRAFIA:
C.S Lewis: “The Four Loves”. London. 1960
Kempis
Bonet, J.V “ Sé amigo de ti mismo” Sal Terrae. Santander. 2004.

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