La maternidad divina de María, escondida en la simplicidad de una joven mujer de aldea, pasó inadvertida a los grandes de su época. Ella, que proclamó a su prima Isabel que todas las generaciones habían de llamarla Bienaventurada, sólo buscó la complacencia de esa mirada de Dios, que juzga y conoce lo íntimo y escondido.

Nuestra Señora del Rosario
Nuestra Señora del Rosario En su visita Apostólica a Francia, León XIV vuelve...




