Oda a mi silla de ruedas

3 Abr, 2011 | Experiencia y testimonio

Oda a mi silla de ruedas

Rosamaría Pantaleoni.
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No me había fijado bien en tí, hasta que un día, alguien me preguntó… ¿No la odias? Me quedé sin respiración… ¿Odiarte…? Eres mis piernas y todo lo que necesito para desplazarme por la vida… ¿Odiarte? Eres mi libertad y cuando llego al lugar elegido, me siento ligera como un pájaro…Y feliz, porque no necesito a nadie… ¿Cómo podría odiarte…?
Quizás a otros no se les ha ocurrido nunca darte las gracias por existir, por esperar a los pies de la cama cuando te necesitamos. Y ahora por llevar una batería estupenda que «ha jubilado» a la persona que te empujaba.

¿A cuantos habrás paseado…? Gente que ya había perdido la esperanza de asomarse a la vida, oler las flores, escuchar la canción de los arroyos… A lo mejor ni lo sabes, porque lo tuyo es ayudar, sin esperar nada a cambio.

Tengo a dos sobrinos maravillosos que, cuando eran pequeños, se peleaban por sentarse en mis rodillas para que los paseara… Nunca te quejaste del «exceso de peso». Era un paseo apacible, sin prisas… Creo que te gustaba llevarlos tanto como a mí…

Muchas veces, sin darme cuenta, acaricio «la bola» suave y brillante que me sirve para ponerte en marcha. ¿Cariño? ¿Agradecimiento..? No lo se. Pero lo hago.

Si alguna vez puedo volver a levantarme –que no lo creo– ¿me echarás de menos? ¿Pensarás que ahora que ya no te necesito, ni te uso, voy a olvidarme de tí…? Nunca será así, querida silla de ruedas… porque el agradecimiento de tantos años de luchar y sufrir juntos, estará ahí… Por eso, no te regalaré nunca a nadie. Por lo menos, hasta que me muera. Y a lo mejor, para entonces, ya te habras hecho viejecita…

¿Nadie ha pensado en hacerte un «monumento»…? ¿Porqué, si lo tienen otras cosas menos útiles…? Quizá no estás en medio de una plaza porque nunca te han necesitado… ni sueñan como nosotros en volar… Sientes que no puedes correr con las piernas, pero puedes hacerlo con la imaginación, con la ilusión de superar tantas frustaciones… Y decirle al mundo que tu corazón y el mío laten con el mismo ritmo que el de los atletas de las Olimpiadas. Yo lo hago, mientras me llevas –casi me «meces»– por esos caminos llenos de sol que a veces no necesitan llegar a ningún sitio concreto..

Bueno, quería decírtelo para qué, esté donde esté, sigas acordándote de mí. Y de la felicidad que me has dado… Te quiero con todo mi corazón, querida silla…

Una minusválida …

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